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El poder se detiene a pensar

Hay películas que buscan ofrecer respuestas y otras que entienden que su verdadera fuerza reside en formular las preguntas adecuadas. La grazia, la nueva obra de Paolo Sorrentino, pertenece sin duda a este segundo grupo. Lejos del barroquismo visual que convirtió al director italiano en una de las voces más reconocibles del cine europeo contemporáneo, la película propone un ejercicio mucho más contenido, íntimo y, precisamente por ello, más ambicioso.

La pregunta que atraviesa el relato parece sencilla: ¿quién es realmente dueño de nuestros días? Pero, a medida que avanza la historia, deja de ser una reflexión filosófica para convertirse en el eje sobre el que gira toda decisión política, moral y personal. No es casual que esa cuestión nazca en boca de Dorotea, asesora e hija del presidente del Consejo italiano Mariano De Santis. Tampoco que Sorrentino la convierta en el hilo conductor de una película donde el verdadero conflicto no está en la acción, sino en la responsabilidad.

Toni Servillo vuelve a demostrar por qué sigue siendo uno de los grandes intérpretes del cine europeo. Su Mariano De Santis escapa del retrato habitual del líder político contemporáneo. No gobierna desde la estridencia ni desde la obsesión por el titular inmediato. Gobierna dudando. Escucha, reflexiona, cambia de opinión cuando considera necesario y acepta que existen decisiones para las que ninguna ley puede ofrecer una respuesta completamente satisfactoria.


La película se construye alrededor de tres dilemas. Dos solicitudes de indulto por asesinato y la aprobación de una ley sobre la eutanasia obligan al protagonista a enfrentarse continuamente al límite entre la legalidad, la ética y las convicciones personales. Sorrentino evita convertir estos asuntos en un manifiesto ideológico. Su interés no está tanto en convencer al espectador como en situarlo incómodamente frente a preguntas que rara vez admiten una solución definitiva.

Ese planteamiento convierte La grazia en un raro ejemplo de cine político que confía en la inteligencia del público. No hay discursos grandilocuentes ni giros diseñados para imponer una tesis. Lo que existe es una conversación constante sobre el peso del poder y sobre la enorme dificultad de decidir cuando cualquier elección implica necesariamente una renuncia.


Resulta especialmente interesante que Sorrentino sitúe el foco en la lentitud. En una época donde la política parece obligada a responder en cuestión de minutos y donde las redes sociales han convertido la inmediatez en una exigencia permanente, La grazia reivindica el valor de detenerse antes de actuar. La burocracia, habitualmente presentada como un obstáculo, aparece aquí casi como un espacio necesario para pensar.

No todas las ideas encuentran el mismo desarrollo. Los casos relacionados con los indultos terminan perdiendo fuerza frente al debate sobre la eutanasia, que ocupa buena parte del metraje. En determinados momentos el guion se acerca demasiado a la explicación y sacrifica cierta sutileza en favor de un discurso más explícito. Sin embargo, incluso cuando eso ocurre, la película mantiene intacta su capacidad para provocar reflexión.


Donde realmente alcanza su mayor altura es en la relación entre Mariano y Dorotea. Anna Ferzetti construye un personaje firme, inteligente y profundamente humano, que actúa al mismo tiempo como asesora política, conciencia moral e hija marcada por una historia compartida llena de silencios. Las conversaciones entre ambos poseen una intensidad poco habitual en el cine reciente. Son diálogos escritos para escuchar, no para impresionar, donde cada pausa tiene tanto valor como cada palabra.

También sorprende la evolución del propio Sorrentino. Quienes recuerden la exuberancia estética de La gran belleza o el tono casi carnavalesco de algunas de sus películas descubrirán aquí a un cineasta mucho más contenido. La cámara deja de buscar el espectáculo para ponerse al servicio de los personajes. Los movimientos son discretos, la puesta en escena renuncia a la exhibición y el silencio adquiere una importancia que antes ocupaban los excesos visuales.


No significa que haya desaparecido la personalidad del director. Sigue estando presente su elegante composición de los espacios, su gusto por la belleza y su capacidad para convertir una conversación aparentemente sencilla en un momento de enorme tensión dramática. La diferencia es que ahora todo parece subordinado al relato. La forma deja de imponerse sobre el fondo.

Hay además una lectura especialmente pertinente para nuestro tiempo. Mientras la inteligencia artificial comienza a ocupar espacios de decisión y los algoritmos condicionan cada vez más aspectos de la vida pública, La grazia recuerda que gobernar continúa siendo una tarea profundamente humana. Dudar, equivocarse, rectificar o asumir las consecuencias de una decisión forman parte de una responsabilidad que ninguna tecnología puede sustituir completamente.


Quizá ese sea el mayor logro de la película. No pretende ofrecer el retrato del político perfecto ni construir una utopía institucional. Lo que plantea es algo mucho más complejo: la necesidad de que quienes toman decisiones conserven intacta su capacidad para cuestionarse a sí mismos.

En pleno verano, cuando el cine suele reservarse para el entretenimiento más ligero, La grazia propone una experiencia distinta. Es una película pausada, exigente y profundamente europea, de esas que invitan a prolongar la conversación mucho después de abandonar la sala. No busca el impacto inmediato, sino esa clase de reflexión que acompaña durante días.

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