En Marruecos, una atmósfera de fin de reinado para Mohammed VI
- Nicolás Guerrero

- 24 ago 2025
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 25 ago 2025

Dos escenas recientes capturan la dualidad que define el panorama actual en Marruecos y revelan las tensiones subyacentes en la monarquía alauí. La primera ocurrió el 7 de junio durante la oración del Aíd al-Adha en la mezquita de Tetuán, en el norte del país. Vestido con una djellaba de color amarillo pastel y un tarbush granate, el rey Mohammed VI apareció sentado en un taburete cubierto de cuero. Su expresión denotaba agotamiento, mientras que los fieles a su alrededor se postraban en oración. Esta imagen del soberano de 62 años, incapaz de realizar el gesto de prosternación que caracteriza la ceremonia, ha intensificado las preocupaciones sobre su estado de salud, que ya circulaban en círculos políticos y diplomáticos.
Poco más de dos semanas después, surgió un contraste notable. Las redes sociales difundieron un video en el que se ve al mismo Mohammed VI en traje de baño, montado en una moto acuática frente a las costas de Cabo Negro, una localidad costera cerca de Tetuán. Rodeado por un grupo de embarcaciones de seguridad, el rey levantó la mano en un saludo discreto hacia los ciudadanos que lo ovacionaban desde la playa. Aunque su postura parecía algo rígida, la capacidad para manejar el vehículo de forma independiente disipó temporalmente las dudas sobre su condición física. Un monarca que realiza actividades como esta no puede estar gravemente afectado, según interpretaron muchos observadores.
Esta alternancia de narrativas ilustra el proceso de transición que atraviesa Marruecos en la actualidad. El rey muestra signos evidentes de debilitamiento físico, confirmados por otras apariciones públicas, como la recepción al presidente francés Emmanuel Macron en Rabat a finales de octubre de 2024, donde apareció notablemente delgado y apoyado en un bastón. Sin embargo, estos indicios no parecen indicar una situación crítica que comprometa su liderazgo. Fuentes cercanas al palacio real insisten en que Mohammed VI mantiene el control sobre las decisiones clave, aunque su presencia pública se ha reducido considerablemente en los últimos años.
El reinado de Mohammed VI, que comenzó en 1999 tras la muerte de su padre Hassan II, ha estado marcado por una serie de reformas que buscaban modernizar el país sin alterar los fundamentos de la monarquía absoluta. En sus primeros años, el soberano impulsó iniciativas como la reforma del código de familia en 2004, que mejoró los derechos de las mujeres, y el lanzamiento de planes de desarrollo económico para reducir la pobreza rural. Estas medidas generaron expectativas de una apertura política, pero el control centralizado del poder ha persistido. El Makhzen, el aparato administrativo y de seguridad que rodea al rey, sigue siendo el eje del sistema, con lealtades personales que superan las instituciones formales.
En los últimos tiempos, la salud del monarca ha alimentado especulaciones sobre la sucesión. Mohammed VI padece sarcoidosis, una enfermedad inflamatoria crónica que afecta múltiples órganos, diagnosticada públicamente en 2018. Aunque el palacio ha minimizado su impacto, intervenciones médicas repetidas, incluyendo cirugías cardíacas en 2018 y 2020, han limitado su agenda. Su ausencia prolongada de eventos oficiales, como la cumbre de la Liga Árabe en 2023 o visitas de Estado clave, ha dejado un vacío que otros actores intentan llenar. El príncipe heredero Moulay Hassan, de 22 años, ha asumido roles más visibles, como representar al rey en ceremonias militares y diplomáticas, lo que sugiere una preparación gradual para la transición.
Desde el punto de vista económico, Marruecos ha experimentado un crecimiento sostenido bajo Mohammed VI, con un PIB que se duplicó entre 2000 y 2023, alcanzando los 130.000 millones de dólares. Inversiones en infraestructuras, como el tren de alta velocidad Tanger-Casablanca y el puerto de Tanger-Med, han posicionado al país como un hub logístico en África. Sin embargo, las desigualdades persisten: el 15% de la población vive por debajo del umbral de pobreza, según datos del Banco Mundial, y el desempleo juvenil supera el 30% en zonas urbanas. La pandemia de COVID-19 exacerbó estas brechas, con un rescate económico que priorizó sectores estratégicos como la agricultura y el turismo, pero dejó de lado a amplios segmentos de la sociedad informal.
Políticamente, el régimen ha mantenido la estabilidad mediante una combinación de represión selectiva y cooptación. Las protestas del Hirak en el Rif entre 2016 y 2017, que demandaban mejoras en servicios públicos, fueron sofocadas con detenciones masivas, resultando en sentencias de hasta 20 años para líderes como Nasser Zefzafi. Similarmente, el movimiento del 20 de febrero de 2011, inspirado en la Primavera Árabe, impulsó una reforma constitucional que amplió los poderes del Parlamento, pero el rey retuvo el control sobre defensa, asuntos religiosos y nombramientos clave. El Partido Justicia y Desarrollo (PJD), de orientación islamista, gobernó entre 2011 y 2021, pero su influencia se diluyó ante la intervención real en políticas económicas.
En el ámbito internacional, Mohammed VI ha fortalecido alianzas estratégicas. Las relaciones con la Unión Europea se han profundizado mediante acuerdos de pesca y migración, con Marruecos recibiendo más de 500 millones de euros anuales en ayuda. La normalización con Israel en 2020, bajo los Acuerdos de Abraham, abrió puertas a inversiones en tecnología y defensa, aunque generó críticas internas por el apoyo marroquí a la causa palestina. El conflicto del Sáhara Occidental sigue siendo pivotal: el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí en 2020, a cambio de la normalización con Israel, ha aislado a Argelia, principal aliado del Frente Polisario. Sin embargo, tensiones con España por Ceuta y Melilla, y disputas con Argelia por el gasoducto, mantienen la región en alerta.
La atmósfera de fin de reinado se percibe también en la élite económica. Empresas como la Oficina Chérifienne des Phosphates (OCP), que controla el 75% de las reservas mundiales de fosfatos, operan bajo supervisión real a través de holdings como Al Mada. Acusaciones de corrupción, documentadas por informes de Transparency International, donde Marruecos ocupa el puesto 97 de 180 en el índice de percepción, erosionan la legitimidad. Figuras como Aziz Akhannouch, primer ministro desde 2021 y magnate de los hidrocarburos, representan la fusión entre poder político y empresarial, con su fortuna estimada en 1.500 millones de dólares.
La sociedad civil, aunque restringida, muestra signos de inquietud. Periodistas como Taoufik Bouachrine y Omar Radi han sido encarcelados por cargos de espionaje y agresión sexual, interpretados por organizaciones como Amnistía Internacional como represalias por su cobertura crítica. Las redes sociales amplifican voces disidentes, pero la ley antiterrorista de 2015 permite vigilancia masiva, con herramientas como Pegasus detectadas en dispositivos de opositores. En este contexto, la juventud, que representa el 60% de la población menor de 30 años, expresa frustración por la falta de oportunidades, migrando en masa hacia Europa: más de 50.000 intentos de cruce irregular en 2024, según Frontex.
La cuestión de la sucesión añade complejidad. Moulay Hassan, educado en el Palacio Real y en la Universidad Mohammed V, ha sido expuesto a responsabilidades tempranas, pero su juventud plantea interrogantes sobre su preparación para manejar un sistema donde el rey es comandante de los creyentes y árbitro supremo. Rumores sobre divisiones en la familia real, incluyendo el divorcio de Mohammed VI con Lalla Salma en 2018, y la influencia de consejeros como Fouad Ali El Himma, sugieren posibles luchas de poder internas.
En términos de política exterior, Marruecos busca diversificar alianzas. La adhesión a la Unión Africana en 2017 marcó un retorno tras 33 años de ausencia, con inversiones en África subsahariana superando los 3.000 millones de dólares en sectores como banca y telecomunicaciones. Relaciones con China, a través de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, incluyen proyectos como la ciudad industrial de Tanger Tech. No obstante, dependencias de importaciones energéticas, con el 95% de necesidades cubiertas por el exterior, exponen vulnerabilidades ante fluctuaciones globales.
El impacto cultural del reinado es mixto. Iniciativas como el Festival de Cine de Marrakech y la promoción del dariya (árabe marroquí) en educación buscan preservar la identidad, pero censuras en medios limitan la expresión. La diáspora marroquí, con 5 millones en Europa, remite más de 10.000 millones de dólares anuales, fortaleciendo la economía pero también exportando tensiones sociales.
A medida que Mohammed VI reduce su visibilidad, el Makhzen consolida su rol. Nombramientos recientes en el ejército y la inteligencia, como el de Abdellatif Hammouchi en la Dirección General de la Seguridad Nacional, indican una priorización de la estabilidad sobre reformas. Analistas internacionales, como los del Carnegie Endowment, advierten que sin una transición ordenada, riesgos de inestabilidad podrían aumentar, especialmente en regiones marginales como el Rif o el sur.
En resumen, la atmósfera actual en Marruecos refleja un equilibrio precario entre continuidad y cambio. El debilitamiento físico del rey no ha erosionado aún su autoridad, pero acelera discusiones sobre el futuro. Con elecciones legislativas previstas para 2026, el panorama político podría evolucionar, dependiendo de cómo se gestione esta fase de transición. Observadores coinciden en que el legado de Mohammed VI, centrado en modernización económica y estabilidad, enfrentará pruebas en los próximos años, mientras el país navega entre tradiciones monárquicas.







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