Oriente Medio entra en guerra abierta tras la muerte de Jamenei
- Nicolás Guerrero

- 2 mar
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Actualizado: 3 mar
La guerra que hasta hace apenas 72 horas se presentaba como una operación quirúrgica de alto impacto estratégico ha entrado en una fase de expansión regional que ni Washington ni Jerusalén pueden ya encapsular en el relato de una campaña limitada. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, afirmó anoche en conversación telefónica con CNN que el ejército estadounidense está “destrozando” a Irán y que la “gran ola” de la ofensiva aún está por llegar. Horas después, en la Casa Blanca, insistió en que la operación conjunta con Israel va “muy adelantada” respecto a las previsiones iniciales y que, aunque se planteó una duración de cuatro o cinco semanas, existe capacidad para prolongarla más allá de ese marco. El mensaje es inequívoco: no se contempla una desescalada inmediata.
Sobre el terreno, los hechos dibujan un escenario más complejo. Desde el sábado, Estados Unidos e Israel han ejecutado miles de ataques aéreos sobre territorio iraní. Entre los objetivos alcanzados figuran lanzaderas de misiles, sistemas de defensa aérea, centros de mando y el cuartel general del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Un buque de guerra iraní habría quedado inutilizado y parcialmente hundido. El impacto político ha sido aún mayor: el líder supremo iraní, el ayatolá Ali Khamenei, murió en un ataque directo contra su complejo en Teherán. Con él han caído varios altos mandos militares y responsables del aparato de seguridad.
El coste humano es elevado y crece por horas. La Media Luna Roja iraní cifra en 555 los muertos en Irán desde el inicio de la ofensiva. Solo en las últimas horas se han contabilizado al menos 20 fallecidos en Teherán y 35 en la provincia de Fars. Entre los episodios más graves figura el impacto sobre una escuela primaria femenina en el sur del país, cerca de una base naval vinculada a la Guardia Revolucionaria. Las autoridades sanitarias y los medios estatales iraníes hablan de al menos 175 muertos, en su mayoría menores. No está claro si el centro fue alcanzado por un error de cálculo, por la proximidad a un objetivo militar o por una cadena de fallos en la identificación. El dato, en cualquier caso, condiciona la legitimidad internacional de la campaña y tensiona el margen político de Washington.
La respuesta iraní ha sido inmediata y de amplio espectro. Drones y misiles balísticos han sido lanzados contra Israel, contra bases estadounidenses en la región y contra instalaciones estratégicas en varios Estados del Golfo. En Israel se han confirmado al menos diez muertos. Nueve de ellos fallecieron en Beit Shemesh, al oeste de Jerusalén, en el ataque más letal sufrido por el país desde el inicio del conflicto. Una mujer murió también en Tel Aviv tras el impacto de un misil el sábado. Las sirenas antiaéreas y las evacuaciones hacia refugios forman ya parte de la rutina diaria.
En paralelo, se ha producido un incidente de enorme sensibilidad operativa. Tres cazas estadounidenses fueron derribados sobre Kuwait en lo que el Mando Central calificó como un “aparente incidente de fuego amigo”. Según el comunicado oficial, en medio de ataques activos con aeronaves iraníes, misiles y drones, las defensas aéreas kuwaitíes identificaron erróneamente los aparatos como amenaza. Los seis tripulantes lograron eyectarse y fueron rescatados con vida. El Ministerio de Defensa kuwaití ha confirmado la coordinación con fuerzas estadounidenses para investigar lo ocurrido. El episodio revela la saturación del espacio aéreo regional y el riesgo creciente de errores en entornos de combate de alta intensidad.
La escalada no se limita a Irán e Israel. En Kuwait, un ataque iraní contra una base causó la muerte de tres soldados estadounidenses y dejó cinco heridos graves. Un cuarto militar falleció posteriormente a consecuencia de heridas sufridas en los primeros compases de la ofensiva iraní. Además, un dron impactó en el complejo de la embajada estadounidense en Kuwait; no se han confirmado víctimas, pero el símbolo es potente: la red diplomática también entra en el radio de acción.
Los Estados del Golfo, aliados de Washington o anfitriones de bases estadounidenses, se han convertido en teatro indirecto del conflicto. Instalaciones en Baréin, Irak, Emiratos Árabes Unidos y Kuwait han sido alcanzadas. Aunque la mayoría de los proyectiles fueron interceptados, al menos seis personas han muerto en Emiratos, Kuwait y Baréin. En Dubái, incendios en hoteles de cinco estrellas, daños en torres residenciales y afectaciones en el aeropuerto internacional han erosionado la imagen de enclave seguro. En Manama, un hotel de lujo y edificios residenciales sufrieron impactos o daños colaterales tras la interceptación de misiles. En aguas de Omán, un petrolero fue atacado y un tripulante indio murió. Qatar, que alberga una de las mayores bases aéreas estadounidenses de la región, reporta al menos 16 heridos.
Irak y Siria tampoco han quedado al margen. Imágenes verificadas muestran impactos en la base del aeropuerto internacional de Erbil, que acoge fuerzas estadounidenses. En la ciudad siria de Sweida, un misil iraní destinado probablemente a Israel alcanzó un edificio y causó cuatro muertos. La dispersión geográfica de los ataques complica cualquier narrativa de contención.
El frente libanés añade otra capa de riesgo. Israel bombardeó posiciones de Hezbolá en Beirut y en el sur del país tras el lanzamiento de cohetes desde territorio libanés. Al menos 31 personas han muerto en los ataques israelíes, según el Ministerio de Salud libanés. Hezbolá reivindicó su ofensiva como represalia por la muerte de Khamenei. La frágil tregua que había puesto fin oficialmente a los combates en noviembre de 2024 ha quedado rota. El primer ministro libanés, Nawaf Salam, calificó los lanzamientos desde Líbano como “irresponsables” y advirtió de que no permitirá que el país sea arrastrado a nuevas aventuras, en un intento de marcar distancia respecto a la milicia chií. En la práctica, la capacidad del Gobierno para controlar la dinámica militar es limitada.
El patrón que se consolida es el de una guerra en red. La eliminación del líder supremo iraní no ha paralizado la capacidad de respuesta de Teherán; al contrario, ha activado una estrategia de dispersión que busca elevar el coste regional de la campaña estadounidense-israelí. La movilización de defensas aéreas en todo el Golfo, el riesgo de incidentes como el fuego amigo en Kuwait y la afectación de infraestructuras civiles —aeropuertos, hoteles, puertos— amplían el perímetro del conflicto más allá de los objetivos militares declarados.
Para Washington, el dilema es estratégico. Mantener la presión implica asumir una escalada prolongada en múltiples frentes, con exposición directa de tropas y activos en la región. Reducir el ritmo podría interpretarse como una señal de debilidad tras la eliminación del principal líder iraní. Israel, por su parte, enfrenta el riesgo de una guerra simultánea con Irán y con Hezbolá, con impacto directo sobre su población civil.
El balance provisional —cientos de muertos en Irán, decenas en Líbano y en el Golfo, víctimas en Israel y bajas estadounidenses— confirma que la operación ha superado el marco de una intervención puntual. El conflicto ya no es una serie de ataques cruzados; es un sistema de represalias encadenadas que se alimenta de cada impacto.







































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