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Israel gana guerras, pero pierde el futuro



Si uno tuviera que condensar en dos imágenes el punto exacto en el que se encuentra hoy la estrategia geopolítica de Israel bajo el liderazgo de Benjamin Netanyahu, probablemente no elegiría mapas, ni gráficos militares, ni declaraciones diplomáticas. Elegiría escenas.


Escenas concretas, casi brutales en su simplicidad, que no requieren interpretación técnica, sino una lectura directa: lo que se hace y lo que se muestra. Porque en el actual momento estratégico de Israel, la percepción ya no es un elemento secundario; es parte estructural del problema.


La primera escena es la de un soldado israelí destruyendo con un martillo una estatua religiosa en el sur del Líbano. La segunda, la celebración política en torno a la expansión de asentamientos en Cisjordania. No son episodios aislados ni anecdóticos. Funcionan como síntomas visibles de una lógica más profunda: una estrategia basada en la superioridad militar inmediata, sin una traducción política sostenible en el medio y largo plazo. Dicho de forma directa: Israel está ganando batallas tácticas mientras pierde terreno estratégico.


La clave aquí no es discutir la legitimidad de las amenazas que Israel enfrenta. Es evidente que existen y que son graves. La presencia de Hezbolá en el Líbano, el papel de Irán en la región, la inestabilidad estructural de Gaza o la fragilidad institucional palestina constituyen riesgos reales que ningún gobierno israelí puede ignorar. El problema no está en el diagnóstico de la amenaza, sino en la arquitectura de la respuesta.


El patrón se repite con una consistencia casi mecánica: ante cada foco de riesgo, la respuesta es la fuerza. Y no solo la fuerza, sino una fuerza concebida como herramienta suficiente en sí misma. Se interviene, se neutraliza, se disuade. Pero rara vez se construye. Rara vez se transforma esa ventaja operativa en una ventaja estratégica duradera. Y ahí es donde empieza el desgaste.


En Gaza, la cuestión no es únicamente la eliminación de capacidades militares de Hamás, sino qué estructura política emerge después. En el Líbano, no se trata solo de contener a Hezbolá, sino de definir un marco en el que el Estado libanés pueda ejercer soberanía real sin colapsar internamente. En Cisjordania, la expansión de asentamientos no es simplemente una decisión territorial, sino una señal política que condiciona cualquier horizonte de solución negociada. Y en el plano regional, la ausencia de avances hacia una solución con los palestinos bloquea dinámicas clave como la normalización plena con Arabia Saudí o la consolidación de un eje anti-iraní estable.


El resultado es una paradoja estratégica: cuanto más se impone Israel en el plano militar, más se complica su posición en el plano político internacional. Y esta tensión empieza a trasladarse a uno de los pilares históricos de su seguridad: el apoyo externo.


Durante décadas, Israel ha contado con un respaldo sólido y transversal en Estados Unidos y en buena parte de Occidente. Ese consenso ya no es tan automático. No se trata de un giro radical, pero sí de una erosión progresiva. Sectores políticos que tradicionalmente respaldaban sin fisuras a Israel comienzan a introducir matices, condiciones e incluso críticas abiertas. Y esto no responde únicamente a dinámicas ideológicas, sino a una percepción creciente de que la actual estrategia israelí no solo es moralmente cuestionable para algunos, sino estratégicamente miope.


Porque el problema central no es solo lo que Israel hace, sino lo que no intenta hacer. La ausencia de un esfuerzo serio, sostenido y creíble hacia una solución política con los palestinos no es vista ya como una limitación coyuntural, sino como una decisión estructural. Y eso tiene consecuencias. Sin un horizonte político, cualquier acción militar, por eficaz que sea, queda atrapada en un ciclo de repetición.


El caso del Líbano es particularmente ilustrativo. Israel ha intervenido directa o indirectamente en el sur del país en múltiples ocasiones a lo largo de las últimas décadas. El objetivo siempre ha sido el mismo: neutralizar la amenaza desde el norte. Sin embargo, el resultado nunca ha sido definitivo. Hezbolá no solo ha sobrevivido, sino que ha reforzado su posición política interna en muchos momentos, en parte gracias a su narrativa de resistencia frente a Israel.


La alternativa que se plantea desde el gobierno israelí suele reducirse a dos opciones: aceptar la amenaza o escalar la confrontación. Pero esa dicotomía es incompleta. Existe un tercer espacio, más complejo, menos inmediato, pero potencialmente más eficaz: la construcción de un marco internacional que permita reducir la influencia de actores como Hezbolá sin provocar el colapso interno del Líbano.


El problema es que este tipo de soluciones requieren algo que hoy parece escaso en la estrategia israelí: paciencia estratégica y voluntad política de asumir riesgos no militares. Implican coordinación internacional, cesiones tácticas y, sobre todo, una visión que vaya más allá del corto plazo.


En paralelo, la política de asentamientos en Cisjordania introduce un factor adicional de bloqueo. No solo dificulta la viabilidad territorial de un futuro Estado palestino, sino que envía una señal clara sobre la dirección política del gobierno israelí. Cada nuevo asentamiento no es solo una cuestión local; es un mensaje global sobre la intención de hacer irreversible una determinada realidad sobre el terreno.


Esto tiene un efecto acumulativo. A medida que se consolidan estos hechos, la posibilidad de una solución negociada se percibe como cada vez más lejana, lo que a su vez refuerza las posiciones más duras en ambos lados. Es un círculo de retroalimentación negativa que erosiona cualquier espacio de moderación.


Mientras tanto, Irán observa. Y capitaliza. Porque en ausencia de una solución política, el discurso de confrontación permanente gana legitimidad en determinados sectores de la región. Cada episodio de tensión, cada imagen controvertida, cada decisión unilateral alimenta una narrativa que beneficia a quienes buscan perpetuar el conflicto.


Desde una perspectiva estrictamente estratégica, la pregunta clave es si el modelo actual es sostenible. Y la respuesta, cada vez más evidente, es que no lo es en sus términos actuales. No porque Israel carezca de capacidad militar o de aliados, sino porque la naturaleza de los conflictos que enfrenta no puede resolverse exclusivamente mediante la fuerza.


La historia reciente ofrece suficientes ejemplos de ello. La superioridad militar puede contener, disuadir e incluso derrotar a un adversario en el campo de batalla. Pero no puede, por sí sola, construir legitimidad política, estabilidad institucional ni aceptación internacional a largo plazo.


Lo que falta hoy en la estrategia israelí no es capacidad, sino dirección. No es fuerza, sino proyecto. Una hoja de ruta que conecte las acciones presentes con un objetivo político claro y alcanzable. Sin ese elemento, cada operación, cada decisión, cada victoria táctica queda desconectada de un resultado estratégico coherente.


Y ahí es donde reside el verdadero riesgo. No en una derrota militar, que hoy parece improbable, sino en un desgaste progresivo de su posición internacional, en una pérdida de apoyo clave y en la consolidación de un entorno regional cada vez más hostil y menos manejable.


Israel no está ante una crisis inmediata de supervivencia. Está ante algo más sutil, pero igual de determinante: una crisis de modelo estratégico. Y como ocurre en estos casos, la dificultad no está en identificar el problema, sino en aceptar que la solución pasa por cambiar el enfoque.

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