La escalada entre Irán e Israel y el espectro de una intervención estadounidense
- Salma El Yazid

- 19 jun 2025
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 23 jun 2025

La región de Oriente Medio se encuentra al borde de un precipicio. Desde el viernes pasado, Israel e Irán han protagonizado una escalada bélica sin precedentes, marcada por ataques aéreos y misiles que han intensificado una rivalidad histórica. Este conflicto, que ya ha dejado decenas de muertos y centenares de heridos en ambos lados, ha reavivado temores de una guerra regional de consecuencias devastadoras. En el centro de este torbellino se sitúa la posibilidad de una intervención militar directa de Estados Unidos, un escenario que ha generado advertencias severas desde Teherán y preocupación global sobre sus implicaciones.
El conflicto actual comenzó el 13 de junio de 2025, cuando Israel lanzó un ataque aéreo sorpresa contra instalaciones nucleares iraníes, incluyendo el complejo de Natanz, así como objetivos militares y científicos clave. Según el director de la Agencia Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, los 15.000 centrifugadores de Natanz habrían sufrido daños severos, un golpe significativo al programa nuclear iraní. Israel justificó la operación como una medida preventiva para evitar que Irán desarrolle armas nucleares, una preocupación que ha dominado su política exterior durante décadas. En respuesta, Irán ha lanzado más de 400 misiles y cientos de drones contra Israel, matando al menos a 24 personas y causando daños en edificios residenciales y hospitales, como el Soroka Medical Center en Beersheba. Aunque el sistema de defensa antimisiles israelí ha interceptado la mayoría de los proyectiles, la intensidad de los ataques iraníes marca un punto de inflexión en un conflicto que, hasta ahora, se había librado mayormente a través de proxies y operaciones encubiertas.
En este contexto, la postura de Estados Unidos se ha convertido en un factor decisivo. El presidente Donald Trump, quien asumió su segundo mandato en enero de 2025, ha emitido señales ambiguas sobre su intención de intervenir. Inicialmente, Trump se distanció del ataque israelí, afirmando el 15 de junio que Estados Unidos no estaba involucrado, pero dejó abierta la posibilidad de un cambio de postura: “Podríamos involucrarnos, es posible”. Días después, su retórica se endureció, al afirmar en Truth Social que Estados Unidos tiene “control total de los cielos sobre Irán” y que sabe “exactamente dónde se esconde el líder supremo”, Ayatollah Ali Khamenei, aunque aclaró que “por ahora” no ordenará su eliminación. Estas declaraciones, combinadas con reportes de reuniones en la Casa Blanca para evaluar opciones militares, han alimentado especulaciones sobre una intervención directa.

Irán, por su parte, ha respondido con advertencias contundentes. El líder supremo, Ali Khamenei, afirmó en un discurso televisado el 18 de junio que cualquier intervención estadounidense “tendría consecuencias irreparables” y que su nación “nunca se rendirá”. El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, fue aún más explícito en una entrevista con Al Jazeera, advirtiendo que la participación de Washington sería “una receta para una guerra total en la región”. El embajador iraní ante la ONU, Amir Saeid Iravani, ha solicitado al Consejo de Seguridad que detenga los ataques israelíes y evite la intervención estadounidense, alertando sobre “consecuencias irreversibles” para la paz internacional si no se actúa.
La posibilidad de una intervención estadounidense plantea riesgos significativos. En primer lugar, una acción militar directa podría desencadenar represalias iraníes contra las bases estadounidenses en la región, donde se encuentran unos 3.500 efectivos en lugares como la base aérea de Al Dhafra en Emiratos Árabes Unidos. Irán ha amenazado con minar el Estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial, lo que disruptiría el comercio global de energía y afectaría a economías como las de China, India, Arabia Saudí y los Emiratos. Expertos citados por Newsweek también han señalado que Irán podría intensificar ataques a través de proxies como los hutíes en Yemen, quienes ya han atacado barcos comerciales en el Mar Rojo, o incluso tomar rehenes estadounidenses como medida de presión.
Además, una intervención de Estados Unidos podría agravar la inestabilidad regional. Rusia, aliado estratégico de Irán, ha advertido a través de su portavoz María Zakharova que la participación militar de Washington sería “un paso extremadamente peligroso con consecuencias impredecibles”. Aunque el presidente Vladimir Putin ha ofrecido mediar y ha confirmado que Irán no ha solicitado asistencia militar, la presencia rusa en la región, incluyendo trabajadores en la planta nuclear de Bushehr, añade otra capa de complejidad. China, por su parte, ha condenado los ataques israelíes y, según reportes de Pravda, ha enviado cargamentos a Irán en misiones que podrían involucrar suministros de armas, lo que sugiere un alineamiento tácito con Teherán. Estas dinámicas elevan el riesgo de que el conflicto trascienda las fronteras de Irán e Israel, involucrando a potencias globales en una confrontación más
La intervención estadounidense sería un error estratégico. La experiencia de las guerras en Irak y Afganistán demuestra que las intervenciones militares en Oriente Medio suelen generar consecuencias imprevistas, desde la desestabilización de gobiernos hasta el fortalecimiento de grupos extremistas. En este caso, una acción militar podría radicalizar aún más a la población iraní, que ya enfrenta restricciones de internet y una economía golpeada por sanciones, consolidando el apoyo al régimen de los ayatolás. Asimismo, pondría en riesgo los avances diplomáticos logrados en el pasado, como el acuerdo nuclear de 2015 (JCPOA), que Trump abandonó en 2018 y cuyas negociaciones estaban en curso antes del ataque israelí.

Por otro lado, la no intervención también tiene riesgos. Si Estados Unidos se mantiene al margen, podría percibirse como una señal de debilidad, erosionando su influencia en la región frente a actores como Rusia y China. Además, la presión de Israel para que Washington se involucre es intensa. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha afirmado que los “tiranos de Teherán” pagarán “el precio completo”, y el ministro de Defensa, Israel Katz, ha sugerido que Irán “no puede seguir existiendo” en su forma actual. Algunos analistas, como los citados por Al Jazeera, creen que Israel podría necesitar apoyo estadounidense para destruir instalaciones nucleares como Fordow, enterrada bajo una montaña cerca de Qom, que requiere capacidades de bombas antibúnkeres que solo Washington posee.
La opinión pública en Estados Unidos refleja una clara reticencia a la intervención. Una encuesta de Economist-YouGov, realizada entre el 13 y 16 de junio de 2025, indica que solo el 16% de los estadounidenses apoya la participación militar en el conflicto, mientras que el 60% se opone, con mayorías en todos los espectros políticos (65% de demócratas, 61% de independientes y 53% de republicanos). En el Congreso, una coalición bipartidista, liderada por los representantes Thomas Massie y Ro Khanna, ha presentado una resolución para exigir la aprobación legislativa antes de cualquier acción militar, subrayando que “no se debe autorizar una guerra sin el consentimiento del Congreso”. Esta postura refleja una preocupación compartida por evitar otro conflicto prolongado en la región.
A nivel internacional, las voces que abogan por la diplomacia son cada vez más urgentes. El presidente ruso Putin y su homólogo chino Xi Jinping han condenado los ataques israelíes y pedido un cese inmediato de hostilidades. Irak, a través de su líder chií Ali Sistani, ha advertido que un ataque a la cúpula iraní podría sumir a la región en el caos. Incluso aliados occidentales como el Reino Unido han enfatizado la necesidad de una solución negociada, con la viceprimera ministra Angela Rayner instando a Irán a retomar las conversaciones nucleares. Sin embargo, la diplomacia enfrenta obstáculos significativos: Irán canceló una ronda de negociaciones nucleares en Omán tras el ataque israelí, y las restricciones de internet en el país dificultan la comunicación con sus autoridades.
Las consecuencias económicas de una escalada también son alarmantes. El conflicto ya ha disparado los precios del petróleo, afectando a consumidores en todo el mundo. Una intervención estadounidense que interrumpa el Estrecho de Ormuz podría agravar esta crisis, con impactos desproporcionados en los países más dependientes de las importaciones energéticas. Para las economías europeas, que aún se recuperan de la inflación postpandémica, esto representaría un golpe severo. Desde una perspectiva de centroizquierda, estas consecuencias subrayan la necesidad de priorizar soluciones diplomáticas que eviten un sufrimiento económico que recaería, como siempre, sobre las clases trabajadoras.
En términos humanitarios, el saldo del conflicto es ya devastador. En Israel, los ataques iraníes han matado a 24 civiles y herido a más de 800, con edificios residenciales y hospitales dañados. En Irán, el grupo Human Rights Activists ha identificado 239 civiles y 126 efectivos de seguridad entre las víctimas de los bombardeos israelíes, aunque el gobierno iraní minimiza estas cifras. La interrupción de servicios básicos en Teherán, junto con el pánico generado por las advertencias de evacuación israelíes, ha agravado la crisis humanitaria. Una intervención estadounidense podría intensificar estos sufrimientos, con el riesgo de que los bombardeos afecten aún más a la población civil.
El futuro del conflicto dependerá en gran medida de las decisiones que se tomen en las próximas horas. Reportes de medios estadounidenses, como The Wall Street Journal, sugieren que la Casa Blanca no alcanzó un consenso en una reunión reciente sobre una posible intervención, y el plazo de 24 a 48 horas mencionado por fuentes cercanas al Gobierno indica que el momento es crítico. Si Trump opta por la vía militar, el riesgo de una guerra regional se disparará, con consecuencias que podrían incluir desde una mayor inestabilidad en Líbano y Siria hasta un enfrentamiento indirecto con Rusia y China. Si, por el contrario, se inclina por la diplomacia, podría abrir una ventana para reanudar las negociaciones nucleares, aunque esto requeriría concesiones significativas de todas las partes.

La prioridad debe ser evitar una escalada militar que solo perpetúe el ciclo de violencia en Oriente Medio. Estados Unidos tiene la capacidad de liderar un esfuerzo diplomático multilateral, involucrando a la ONU, la Unión Europea y actores regionales como Omán y Qatar, para negociar un cese al fuego y abordar las preocupaciones sobre el programa nuclear iraní. Esto no implica ignorar las legítimas preocupaciones de Israel sobre su seguridad, pero sí rechazar la lógica de la confrontación militar como solución. La historia ha demostrado que las guerras en la región no resuelven conflictos, sino que los enquistan, dejando tras de sí un rastro de sufrimiento y resentimiento.







Trabajo periodistico exhaustivo y muy completo