Una ciudad donde el cielo decide quién vive y quién muere
- Nicolás Guerrero

- 31 ene
- 9 min de lectura
A la hora de recoger a los niños, casi todo el mundo piensa en lo mismo: llegar a tiempo, no olvidar la mochila, convencer al pequeño de que se ponga el abrigo, sobrevivir al caos de la salida. En Jersón, en el sur de Ucrania, ese ritual cotidiano incluye otra tarea que en cualquier otro lugar parecería propia de una película distópica: revisar un chat para saber si hay drones en camino.
Cuando el dron se acerca, escapar es casi imposible
Tanya Leshchenko, de 36 años, se sienta en un banco del pasillo de la guardería y abriga a su hija de cinco años, Alyona, con un abrigo morado de invierno. Antes de cruzar la puerta hacia la calle, abre el móvil. No es para ver el tiempo. No es para leer mensajes familiares. Es para consultar un grupo online donde la gente comparte alertas: zumbidos sospechosos, trayectorias estimadas, avisos improvisados del tipo “¡Oigo un dron!”.
Ese zumbido —un ruido mecánico, intermitente, casi banal— se ha convertido en la banda sonora del miedo en la ciudad. Un sonido que no anuncia una amenaza abstracta, sino un peligro inmediato, con capacidad de matar en segundos. “No puedes correr más rápido que un dron”, dice Leshchenko. Y añade, sin dramatismos: “Da miedo”.
Jersón era, hasta hace poco, una ciudad de bulevares amplios, árboles alineados, edificios señoriales de época zarista, una arquitectura que parecía pensada para el paseo y la vida exterior. Hoy, su población vive con temor al cielo abierto. En la práctica, la ciudad está atrapada en una nueva geografía del terror: todo lo que se mueve al aire libre puede ser observado, perseguido y atacado por drones cuadricópteros rusos baratos, lanzados desde la otra orilla del río Dnipró, desde territorio ocupado por Moscú.
La lógica es brutal y eficiente. Los drones sobrevuelan, detectan objetivos, corrigen trayectoria, y sueltan granadas sobre civiles. Personas que trabajan en sus jardines. Gente que camina por la acera. Conductores que intentan volver a casa. Trabajadores municipales que reparan daños. No se trata de “daños colaterales” en el sentido clásico. Se trata de un patrón que los ucranianos describen con un término que revela tanto horror como claridad política: “safari humano”.
En el último año, según las autoridades locales, alrededor de 200 civiles han muerto y unos 2.000 han resultado heridos por ataques con drones. Organizaciones de derechos humanos afirman que Jersón se ha convertido en el lugar del mundo donde más intensamente se emplean drones para atacar a civiles. Naciones Unidas ha calificado estos ataques como crímenes de guerra. No es solo una cuestión jurídica: es un cambio de paradigma sobre cómo se ejerce la violencia contra poblaciones no combatientes.
Porque Jersón no es únicamente una tragedia ucraniana. Es un laboratorio. Una advertencia. Un anticipo de un futuro cercano donde el coste de atacar civiles —con precisión y a distancia— se desploma.
Y ahí está la clave.
Durante décadas, la capacidad de golpear con precisión desde el aire era patrimonio de Estados con grandes presupuestos militares: misiles guiados, aviones, sistemas caros. Ahora, el mercado ha democratizado la precisión letal. Drones pequeños, algunos adaptados de modelos de aficionado, permiten lo que antes costaba decenas o cientos de miles de dólares por objetivo. Hoy, una unidad relativamente barata puede hacer el trabajo. Y lo que es peor: puede hacerlo repetidamente, con bajo riesgo para el atacante, con margen para “jugar” con el objetivo, observarlo, perseguirlo, esperar el momento.
Belkis Wille, directora asociada de Human Rights Watch, lo resume con frialdad estratégica: Jersón es el ejemplo más claro de una campaña para atacar civiles con drones cuadricópteros, pero es solo el inicio de lo que temen que se convierta en realidad para civiles en zonas de conflicto en todo el mundo. La frase más inquietante no es la moral, sino la económica: “El coste de atacar civiles ha bajado muchísimo”.
En otras palabras: esto no va a quedarse en Ucrania.
Wille señala que drones de este tipo ya se han usado para atacar civiles en la guerra civil sudanesa y en conflictos vinculados a cárteles en México. El patrón empieza a repetirse: actores estatales o no estatales, con acceso a tecnología relativamente barata, convierten el cielo en una amenaza permanente. Y cuando el cielo deja de ser neutral, la vida civil cambia de forma irreversible. En Jersón, la ciudad se ha replegado bajo tierra. No es una metáfora. Es urbanismo de emergencia.
Hospitales han sido trasladados a ubicaciones subterráneas. Una sala de maternidad funciona bajo tierra. Oficinas gubernamentales se han reubicado en sótanos. Un teatro también. Docenas de instituciones se han movido hacia el subsuelo. En lugar de parques infantiles, hay salas de actividades en sótanos. Las escuelas no abren: todo es online. Y los niños, para socializar, deben acudir a centros subterráneos donde se organizan clases de danza, arte o proyecciones de cine.
Una clase de baile en uno de esos centros se llama “Unidos por el amor”. El nombre suena casi irónico, pero también revela algo esencial: incluso en condiciones de amenaza constante, la sociedad intenta preservar normalidad, identidad, futuro. Los organizadores han colocado areneros en las zonas de juego subterráneas porque creen que los niños necesitan un sustituto para tocar tierra, para tener una experiencia física parecida a la de un parque.
Es una imagen devastadora: infancia bajo tierra, con arena artificial, porque el cielo mata.
La ciudad también está experimentando con defensas contra drones, pero ninguna es completamente eficaz. Se ha construido una pared de antenas de interferencia a lo largo de una ribera del río, con el objetivo de bloquear señales. Se han tendido decenas de kilómetros de redes sobre carreteras, diseñadas para atrapar drones antes de que alcancen su objetivo y exploten. En las aceras, se han instalado 250 cámaras de escape de hormigón: pequeñas estructuras donde los civiles pueden refugiarse en cuestión de segundos.
Es una adaptación urbana inédita en Europa contemporánea. Y no responde a una guerra de trincheras ni a bombardeos masivos, sino a una amenaza móvil, selectiva, persistente.
La palabra clave es persistencia.
Un misil cae una vez. Una bomba destruye y desaparece. El dron puede esperar. Puede buscar. Puede volver. Puede grabar. Puede elegir.
Esa dimensión psicológica es central. Los testimonios recogidos por The New York Times —que ha entrevistado a residentes, heridos y autoridades locales— muestran una ciudad donde el terror no es una gran explosión ocasional, sino una ansiedad constante, un estado de vigilancia permanente. No se teme una ofensiva “en general”. Se teme el cielo, cada minuto.
Oleh Pinchuk, cirujano en Jersón, explica que las lesiones por drones son tan habituales que han desplazado la referencia cotidiana de los accidentes: “Nos olvidamos aquí de los accidentes de coche”. En cualquier ciudad normal, un hospital de urgencias se organiza en torno a caídas, colisiones, enfermedades súbitas. En Jersón, el flujo de heridos tiene otro patrón. Y además ocurre algo aún más perturbador: a veces, días después de ser atacadas, las víctimas ven en internet el vídeo del ataque, grabado por la cámara del propio dron.
Se ven a sí mismas desde arriba. Se ven en pantalla cada vez más grandes, mientras el dron se acerca. Ven el instante previo a la explosión. Es una crueldad añadida: la violencia no solo mata o mutila, también se convierte en contenido. Un registro visual que humilla, que persigue, que convierte a la víctima en objeto.
Cuando el dron se acerca, escapar es casi imposible.
Mykola Hyadamaka, de 67 años, conductor jubilado, recuerda que oyó un dron persiguiendo su coche. Aceleró hasta casa, intentó entrar corriendo por la puerta principal, pero se trabó con la verja del patio. Fue alcanzado por metralla de una granada. En su cama del hospital, resume la experiencia con una frase que no necesita adornos: “No hay escapatoria”.
Serhiy Schevchenko, fontanero de 36 años, cuenta que fue perseguido por un dron alrededor de un árbol antes de que explotara cerca. “No había dónde esconderse”, dice.
Volodymyr Oleinichuk, de 52 años, encargado de aparcamiento, se tiró bajo un cobertizo al oír un dron. El dron dio vueltas por encima, esperando. Oleinichuk relata que parecía estar “cazándolo”: aguardando a que saliera. Como no salía, el dron dejó caer una granada cerca de los cimientos, y la metralla se coló por debajo del cobertizo y lo hirió.
Aquí aparece otro elemento que convierte esta guerra en algo nuevo: la sensación de inteligencia detrás de la máquina. Oleinichuk lo expresa con precisión emocional: “Hay alguien detrás, controlándolo. Oí cómo me buscaba”.
No es ciencia ficción. Es guerra remota aplicada a la vida civil.
Y es precisamente esa combinación —barato, preciso, repetible, con control humano— lo que hace que el caso de Jersón tenga implicaciones globales. Porque, si el coste baja y la eficacia sube, el incentivo para usar esta táctica se dispara. En conflictos futuros, en guerras civiles, en escenarios de crimen organizado, en insurgencias, el dron cuadricóptero se convierte en el arma ideal: reduce el riesgo para el atacante, aumenta el miedo del objetivo y permite una violencia selectiva con capacidad de saturación.
Además, introduce una transformación en la manera en que las ciudades se piensan a sí mismas.
Jersón está rediseñando su infraestructura en torno a la invisibilidad. No se trata de construir más plazas, sino más refugios. No se trata de mejorar la movilidad urbana, sino de reducir la exposición. El espacio público, que en democracia es un símbolo de libertad y convivencia, se convierte en una zona de riesgo. La ciudad deja de ser un escenario social y se convierte en un tablero táctico.
Incluso los trabajadores municipales llevan detectores de drones mientras trabajan al aire libre, reparando daños de bombardeos o arreglando redes. Estos dispositivos interceptan las transmisiones de las cámaras de los drones y muestran lo que el operador ruso está viendo cuando apunta a un objetivo. Es una idea casi insoportable: verte a ti mismo o a tu coche en la pantalla del detector significa que estás siendo “adquirido” como blanco.
A Yaroslav Shanko, administrador militar-civil de la ciudad (una figura equivalente al alcalde), le ocurrió una vez. Su respuesta, citada por The New York Times, es técnica y desesperada: “Hay que alcanzar la velocidad máxima y maniobrar” para salir del campo visual del dron. Su conductor lo consiguió: derrapando en esquinas, entrando en callejones, superando los 80 kilómetros por hora.
Pero esa “solución” es, en realidad, otra forma de mostrar la trampa. ¿Qué porcentaje de la población puede huir así? ¿Qué pasa con ancianos, niños, heridos, personas con movilidad reducida? ¿Qué pasa cuando no hay coche? ¿Qué pasa cuando el dron decide esperar?
Por eso el miedo se ha convertido en rutina. Y la rutina, en resignación.
La historia de Jersón en la guerra no ha dado tregua. Rusia ocupó la ciudad durante nueve meses al inicio de la invasión a gran escala, antes de retirarse. Tras la liberación por tropas ucranianas en noviembre de 2022, las fuerzas rusas empezaron a bombardear la ciudad con artillería desde la otra orilla del río. Luego, con la evolución de los drones como arma efectiva, llegó una nueva fase: no tanto destruir infraestructuras como atacar personas.
La ciudad también carga con un simbolismo histórico peculiar. El príncipe Grigory Potemkin, aristócrata ruso del siglo XVIII y amante de Catalina la Grande, es considerado fundador de la ciudad moderna y fue enterrado en una iglesia local. Cuando se retiraron, los soldados rusos se llevaron sus huesos. El gesto tiene un significado que va más allá de lo macabro: apropiación del pasado, saqueo simbólico, guerra cultural. En un conflicto donde Moscú intenta negar la identidad ucraniana, llevarse los restos del fundador “ruso” de Jersón funciona como propaganda silenciosa: incluso la historia se ocupa y se transporta.
Pero el presente es aún más contundente.
Con las escuelas cerradas, los niños viven una infancia reorganizada por la guerra. Daria, de 11 años, explica que cuando los drones llegan “hay que esconderse en un refugio o en cualquier sitio donde no puedas ver el cielo”. En verano, dice, se escondió bajo árboles en un parque cuando un dron pasó por encima.
Es una frase que define una generación: esconderse para no ver el cielo.
En una ciudad normal, el cielo es horizonte. En Jersón, el cielo es amenaza.
Aun así, muchos se quedan. Leshchenko no planea irse. Su familia no tiene adónde ir. Esa es otra dimensión clave que a menudo se pierde en el análisis geopolítico desde despachos: la movilidad no es una opción infinita. La gente no “elige” quedarse por romanticismo. Se queda porque el desarraigo es inviable, porque no hay recursos, porque no hay red, porque abandonar una vida entera no es un movimiento táctico, es una ruptura existencial.
Y aquí se conecta el caso de Jersón con algo más amplio: la guerra moderna no solo destruye ciudades, también redefine lo que significa vivir en ellas. La amenaza no es únicamente la muerte, sino la transformación radical de la vida cotidiana. La guardería, el bus, el paseo, el trabajo municipal, el juego infantil, todo se reconfigura alrededor de un enemigo que no siempre se ve, pero se oye.
Ese zumbido.
La escena final de Leshchenko y su hija no tiene épica.
Tiene procedimiento. Llegar a la parada del autobús. Refugiarse en un cobertizo de hormigón. Volver a mirar el chat. Caminar rápido a casa con la mano de la niña agarrada fuerte.
En ese gesto —caminar deprisa sin mirar al cielo— está el retrato de una ciudad y, quizá, el anticipo de un futuro que ya no pertenece solo a Ucrania. Si el siglo XXI iba a estar marcado por la automatización, Jersón está mostrando su versión más oscura: la automatización del terror. Una violencia barata, accesible, repetible, filmada, optimizada. Una guerra donde la línea entre frente y retaguardia se disuelve y donde la vida civil se convierte en objetivo directo, medido en estadísticas y en vídeos.
El mundo haría bien en mirar a Jersón no como una excepción, sino como una señal.
Porque cuando una tecnología reduce el coste de hacer daño y aumenta la facilidad de hacerlo, el problema deja de ser local. Se vuelve estructural. Y en esa estructura, las ciudades —todas— son vulnerables.
Jersón está viviendo hoy lo que otros podrían vivir mañana. Y esa es, quizá, la lección más incómoda: no es solo una historia sobre Ucrania. Es una historia sobre el futuro de la guerra y el futuro de la vida urbana bajo amenaza permanente.








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