Von der Leyen abre una grieta en la Unión Europea
- Nicolás Guerrero

- hace 4 días
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En Bruselas existe una regla no escrita que todo dirigente europeo aprende tarde o temprano: cuando Europa habla al mundo, lo hace con dificultad, pero cuando habla dividida, el eco se convierte en ruido. El reciente episodio protagonizado por Ursula von der Leyen ha vuelto a confirmar hasta qué punto ese ruido puede convertirse en un problema político de primer orden dentro de la arquitectura institucional de la Unión Europea.
Las palabras de la presidenta de la Comisión Europea sobre el supuesto final del orden internacional basado en reglas no solo han generado una polémica inmediata entre gobiernos europeos, eurodiputados y diplomáticos comunitarios. Han puesto de manifiesto algo más profundo: la creciente tensión entre el liderazgo político que la alemana intenta ejercer y los límites institucionales que definen el funcionamiento real del proyecto europeo.
El episodio comenzó con un discurso que, en teoría, pretendía situar a Europa ante una nueva fase del sistema internacional. En la práctica, el mensaje fue interpretado por muchos como una señal de resignación estratégica. Von der Leyen afirmó que Europa ya no podía actuar como guardiana del orden global basado en normas, un sistema que durante décadas constituyó el fundamento del multilateralismo occidental surgido tras la Segunda Guerra Mundial. Según su planteamiento, ese orden habría dejado de ofrecer garantías suficientes para proteger los intereses europeos en un contexto internacional cada vez más competitivo y dominado por rivalidades entre grandes potencias.
La afirmación, que en otros contextos podría haber sido interpretada como un diagnóstico realista del nuevo escenario geopolítico, provocó una reacción inmediata en varias capitales europeas. Para muchos responsables políticos, el problema no residía tanto en el análisis como en las implicaciones políticas del mensaje. Si Europa deja de defender el orden basado en reglas, ¿qué alternativa propone? Y, sobre todo, ¿quién ha decidido que esa sea la posición de la Unión?
La reacción más visible llegó desde el Consejo Europeo. El presidente del órgano que reúne a los jefes de Estado y de Gobierno, António Costa, marcó distancias con claridad en un discurso ante embajadores europeos. Lejos de asumir la idea de un orden internacional superado, Costa defendió con firmeza la necesidad de reforzar precisamente ese sistema de normas, señalando que el verdadero problema no es la existencia de reglas sino su creciente violación por parte de actores estatales.
En su intervención, el dirigente portugués apuntó directamente a dos de los principales responsables del deterioro del sistema internacional: Estados Unidos y Rusia. El mensaje era significativo porque introducía un matiz que había quedado ausente en el discurso de Von der Leyen. Mientras la presidenta de la Comisión parecía aceptar la erosión del orden global como un hecho consumado, Costa insistía en que la tarea de Europa debía ser exactamente la contraria: defender activamente los principios recogidos en la Carta de las Naciones Unidas y en el derecho internacional.
El contraste entre ambos enfoques refleja una fractura estratégica que lleva tiempo creciendo dentro de la Unión Europea. Por un lado, existe una corriente que considera inevitable la transición hacia un mundo dominado por la lógica de las potencias y las esferas de influencia. Por otro, persiste la convicción de que el único espacio en el que Europa puede ejercer influencia real es precisamente el del multilateralismo y la defensa del derecho internacional.
La reacción crítica también se extendió dentro de la propia Comisión. La vicepresidenta Teresa Ribera se distanció del mensaje de la presidenta al subrayar la importancia de mantener una defensa firme del derecho internacional en un momento en que las normas globales están siendo cuestionadas. Ribera no cuestionó la gravedad del contexto internacional, pero sí dejó claro que la respuesta europea no puede consistir en asumir como inevitable el debilitamiento del sistema que ha garantizado durante décadas una relativa estabilidad internacional.
Las críticas no se limitaron al terreno de las ideas. En Bruselas muchos interpretaron el discurso como un nuevo ejemplo de una tendencia que se viene observando desde el inicio del mandato de Von der Leyen: la progresiva expansión de su papel en materia de política exterior. Formalmente, la política exterior de la Unión Europea está coordinada por el Consejo y ejecutada por la figura del alto representante. Sin embargo, en la práctica la presidenta de la Comisión ha ido ocupando cada vez más espacio en ese ámbito, interviniendo en cuestiones diplomáticas que tradicionalmente no formaban parte de sus competencias.
Este fenómeno no es completamente nuevo. Durante la anterior legislatura ya surgieron tensiones entre Von der Leyen y responsables de otras instituciones comunitarias. El entonces comisario de Mercado Interior, Thierry Breton, fue uno de los críticos más visibles de lo que consideraba una excesiva centralización del poder en la presidencia de la Comisión. También el entonces alto representante para Política Exterior, Josep Borrell, expresó en varias ocasiones su incomodidad ante la creciente presencia de la presidenta en asuntos diplomáticos.
En el trasfondo de estas tensiones existe una cuestión institucional fundamental: la Unión Europea no es un Estado y su política exterior depende de un delicado equilibrio entre instituciones. Cuando una de ellas intenta ocupar un espacio que corresponde a otra, el resultado suele ser confusión estratégica y mensajes contradictorios hacia el exterior.
La reacción del Gobierno francés refleja bien esa preocupación. El ministro de Asuntos Exteriores de Francia, Jean-Noël Barrot, recordó públicamente que los tratados europeos establecen con claridad quién dirige la política exterior de la Unión. En su opinión, la Comisión debe actuar respetando estrictamente el principio de subsidiariedad y evitando interferir en competencias que corresponden al Consejo o al alto representante.
En España, el Gobierno de Pedro Sánchez también mostró su desacuerdo con el planteamiento de Von der Leyen. El ministro de Exteriores, José Manuel Albares, defendió que el debate no puede plantearse como una elección entre un orden internacional antiguo y uno nuevo. Para la diplomacia española, la verdadera disyuntiva es entre un sistema basado en normas y un escenario dominado por la ley del más fuerte.
Esta diferencia de enfoque revela un dilema estratégico central para Europa. El continente se enfrenta a un mundo cada vez más fragmentado, donde la competencia entre grandes potencias define la dinámica internacional. Sin embargo, a diferencia de Estados Unidos, China o Rusia, la Unión Europea carece de la capacidad militar y del peso geopolítico necesario para imponer su voluntad mediante la fuerza.
Su influencia histórica se ha basado en otro modelo: la promoción de normas, instituciones multilaterales y acuerdos internacionales. Abandonar ese terreno significaría, para muchos analistas, renunciar precisamente al único ámbito en el que Europa dispone de una ventaja estructural.
A esta tensión estratégica se suma otro elemento político que ha alimentado las críticas hacia Von der Leyen: su aparente alineamiento con Washington en los últimos meses. La guerra lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha puesto de relieve hasta qué punto la presidenta de la Comisión ha evitado criticar las decisiones de la Casa Blanca.
Para varios gobiernos europeos, esa actitud resulta problemática. No solo porque reduce la autonomía diplomática de la Unión, sino también porque transmite la imagen de una Europa incapaz de definir una posición propia en los grandes conflictos internacionales.
Las polémicas recientes no se limitan al discurso sobre el orden internacional. Hace pocas semanas, la decisión de enviar a la comisaria para el Mediterráneo, Dubravka Šuica, a una iniciativa promovida por el presidente estadounidense Donald Trump generó un nuevo episodio de tensión entre la Comisión y varios gobiernos europeos. El gesto fue interpretado por algunos como una señal de respaldo político a un proyecto que no contaba con el consenso de los Estados miembros.
El problema, según varios diplomáticos europeos, no es tanto la iniciativa concreta como el procedimiento seguido. Von der Leyen tomó la decisión sin consultar previamente con las capitales, algo que muchos consideran incompatible con el funcionamiento colegiado que debería caracterizar la política exterior de la Unión.
El resultado de esta acumulación de episodios es un clima de creciente incomodidad en Bruselas. Algunos grupos políticos del Parlamento Europeo incluso han llegado a explorar la posibilidad de una moción de censura contra la presidenta de la Comisión, una iniciativa que, aunque difícil de materializar, refleja el nivel de malestar existente.
Más allá de la polémica concreta, el episodio revela una realidad incómoda para la Unión Europea: su estructura institucional sigue siendo insuficiente para gestionar con eficacia una política exterior coherente en un mundo cada vez más turbulento. Las tensiones entre la Comisión, el Consejo y el alto representante no son simplemente disputas burocráticas; reflejan la ausencia de un verdadero centro de decisión estratégica.
Mientras otras potencias actúan con rapidez y claridad en el escenario internacional, Europa continúa debatiendo quién debe hablar en su nombre. Esa discusión interna, inevitable en una unión de veintisiete Estados, se convierte en una debilidad cuando las crisis internacionales exigen respuestas rápidas y coordinadas.
El discurso de Von der Leyen no ha provocado esta situación, pero sí ha contribuido a exponerla con una claridad poco habitual. Al cuestionar la viabilidad del orden internacional basado en reglas sin ofrecer una alternativa clara, la presidenta de la Comisión ha abierto un debate que muchos preferían evitar: cuál debe ser realmente el papel de Europa en el nuevo equilibrio global.
La paradoja es evidente. En un momento en que el sistema internacional atraviesa una fase de profunda transformación, la Unión Europea necesita más que nunca una estrategia común y una voz coherente. Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran que esa voz sigue fragmentada entre instituciones, gobiernos nacionales y visiones estratégicas divergentes.
En ese contexto, el verdadero desafío no es decidir si el orden mundial actual está en declive. La mayoría de los líderes europeos parecen coincidir en que lo está. La cuestión es otra: si Europa pretende limitarse a adaptarse a ese cambio o si está dispuesta a intentar moldearlo.



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