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Dinastía, propaganda y poder: el caso Ju-ae


La aparición progresiva de Kim Ju-ae en la esfera pública norcoreana constituye uno de los movimientos simbólicos más relevantes del régimen de Pyongyang en la última década. En apenas tres años, la hija adolescente de Kim Jong-un ha pasado de la inexistencia mediática total a convertirse en una presencia recurrente en los actos más estratégicos del Estado, un patrón que, en el contexto norcoreano, nunca es casual. En un sistema político diseñado para que cada imagen tenga un propósito, cada silencio es deliberado y cada gesto es una señal codificada para audiencias internas y externas, la exposición de Ju-ae no es una cuestión familiar, sino una operación de poder cuidadosamente orquestada.


Corea del Norte ha construido su arquitectura política sobre la base de una dinastía revolucionaria convertida en monarquía de facto. Desde 1948, la familia Kim ha consolidado un sistema hereditario que combina elementos del estalinismo, el confucianismo y un culto personalista extremo. La lógica de la sucesión, por tanto, no se rige por criterios institucionales sino por una coreografía interna opaca, diseñada para garantizar la continuidad del linaje y la estabilidad del régimen. En ese marco, la figura de Ju-ae adquiere un valor estratégico: representa, por primera vez de forma visible, la cuarta generación del “linaje del Monte Paektu”, el mito fundacional del poder norcoreano.


El Servicio Nacional de Inteligencia surcoreano ha señalado recientemente indicios de que Ju-ae podría estar entrando en una fase más avanzada de designación como futura líder. Desde principios de 2024, los analistas de Seúl la consideraban la candidata más probable a suceder a su padre, pero la nueva evaluación apunta a que su rol podría estar siendo institucionalizado de manera informal, con evidencias de que participa en discusiones sobre políticas del Estado y recibe un trato protocolario cercano al de una figura de número dos. En términos norcoreanos, ese salto cualitativo es significativo: implica que la propaganda interna podría estar preparando a la población para aceptar una sucesión femenina en un sistema profundamente patriarcal.


Sin embargo, la historia de las sucesiones norcoreanas demuestra que el proceso es deliberadamente gradual, ambiguo y lleno de maniobras tácticas. Ni Kim Jong-un ni sus hermanos fueron presentados públicamente como herederos hasta etapas relativamente tardías del proceso. La primera imagen oficial de Kim Jong-un junto a Kim Jong-chul y Kim Yo-jong data de 2009, cuando ya se estaba preparando el relevo generacional tras el deterioro de la salud de Kim Jong-il. Aun así, durante años no existió una designación formal clara, y las luchas internas y purgas posteriores confirmaron que el proceso estuvo lejos de ser lineal.


La irrupción de Ju-ae en 2022 fue deliberadamente espectacular. Su primera aparición pública tuvo lugar durante la prueba del misil balístico intercontinental Hwasong-17, el vector más potente del arsenal norcoreano en aquel momento. La imagen de una niña junto al líder en un evento nuclear tuvo un impacto simbólico doble: hacia el interior, mostraba la continuidad del linaje; hacia el exterior, transmitía un mensaje de permanencia estratégica. La disuasión nuclear se vinculaba visualmente a la continuidad familiar, sugiriendo que el programa atómico no es una política coyuntural, sino un proyecto transgeneracional.


El académico Sung-Yoon Lee ha interpretado esta puesta en escena como una estrategia de comunicación política dirigida a Washington y Seúl. La presencia de una hija en el lanzamiento de un misil capaz de alcanzar Estados Unidos funcionaba como un mensaje subliminal: el régimen no es transitorio, su poder no depende de ciclos electorales y su arsenal nuclear forma parte de una narrativa de continuidad dinástica. En otras palabras, Pyongyang buscaba normalizar la idea de una Corea del Norte nuclear durante décadas, si no generaciones.


La exposición mediática de Ju-ae se intensificó rápidamente. Ocho días después del primer lanzamiento, se publicaron nuevas imágenes de la menor con un estilo visual cuidadosamente diseñado: vestimenta, maquillaje y lenguaje corporal que evocaban una estética de élite, alineada con la figura de su madre, Ri Sol-ju, y con el imaginario de la clase dirigente. La propaganda norcoreana no deja nada al azar: la estética es una herramienta política que comunica jerarquía, continuidad y legitimidad.


No obstante, incluso entre los expertos existe debate sobre si Ju-ae es realmente la heredera designada o si su figura cumple otras funciones tácticas. Algunos analistas sostienen que su presencia podría ser un señuelo para ocultar otras dinámicas sucesorias, especialmente en un sistema donde el líder puede tener múltiples descendientes y donde la familia Kim ha demostrado una capacidad notable para reorganizar la línea sucesoria según las circunstancias políticas. La historia de Kim Jong-nam, primogénito caído en desgracia y finalmente asesinado en 2017, ilustra hasta qué punto la sucesión norcoreana puede ser volátil y violenta.


En paralelo, el papel de Kim Yo-jong, hermana del líder y figura clave del aparato propagandístico y diplomático, introduce otra variable. Yo-jong ha acumulado una influencia considerable en la última década, actuando como portavoz, estratega y, en algunos casos, ejecutora de decisiones políticas de alto nivel. Algunos observadores consideran que podría ejercer como regente de facto en un escenario en el que Ju-ae sea aún demasiado joven para gobernar, replicando modelos históricos de regencias en monarquías hereditarias.


El componente simbólico del término hyangdo, utilizado por los medios norcoreanos para referirse a Ju-ae, es especialmente relevante. Este término, traducible como “guía” o “líder que orienta”, ha sido históricamente reservado para figuras con autoridad ideológica o política. Su aplicación a una adolescente sugiere un ensayo semántico del rol que podría desempeñar en el futuro. En un sistema donde el lenguaje oficial es un indicador temprano de cambios políticos, esta elección terminológica no es menor.


Las apariciones de Ju-ae en actos militares durante 2023 consolidaron su asociación con el núcleo duro del poder norcoreano: el ejército y el programa nuclear. Asistió al desfile del 75º aniversario del Ejército Popular de Corea y al lanzamiento del Hwasong-18, el primer misil intercontinental de combustible sólido del país. Estos eventos no solo son demostraciones de fuerza, sino rituales de legitimación interna. Vincular a Ju-ae con estos rituales equivale a insertarla en la narrativa fundacional del régimen, donde la seguridad nacional y la supervivencia del Estado se presentan como misiones sagradas de la familia Kim.


La diversificación de su agenda en 2025, con apariciones en proyectos económicos y en la visita oficial a Pekín, amplió su perfil más allá del ámbito militar. El viaje a China fue particularmente simbólico. Cuando Kim Jong-il visitó Pekín con Kim Jong-un en 2010, ese gesto precedió a la consolidación del actual líder como heredero. En el contexto asiático, donde los rituales políticos están cargados de simbolismo histórico, esa coincidencia no pasó desapercibida para analistas regionales.


La estrategia sucesoria de Kim Jong-un parece inspirarse en el modelo de su abuelo, Kim Il-sung, quien designó a su hijo Kim Jong-il como heredero interno en 1974 y lo formalizó en 1980, mucho antes de su ascenso definitivo en 1994. Ese modelo gradual permitió construir una transición controlada, evitando fracturas internas. Sin embargo, el contexto actual es más complejo: la presión internacional, las sanciones, la dependencia económica de China y la evolución tecnológica introducen variables que no existían durante la Guerra Fría.


La posibilidad de una líder femenina plantea interrogantes estructurales. Corea del Norte es una sociedad profundamente patriarcal, donde las mujeres tienen roles limitados en el poder formal, pese a la retórica igualitarista del régimen. La promoción de Ju-ae podría ser un intento de modernizar la imagen del régimen sin alterar su estructura de poder real, o bien una señal de que la familia Kim prioriza la continuidad dinástica sobre las normas culturales tradicionales. En ambos casos, la decisión tendría implicaciones internas profundas, desde la reconfiguración del Partido de los Trabajadores hasta la narrativa ideológica del Estado.


El debate sobre si Ju-ae es heredera o señuelo sigue abierto. Algunos expertos sostienen que su exposición pública sirve para proyectar estabilidad y continuidad mientras se gestiona en paralelo una sucesión más convencional, posiblemente masculina. Otros creen que Kim Jong-un está dispuesto a romper con precedentes para garantizar que el poder permanezca en su línea directa, incluso si eso implica desafiar normas patriarcales internas.


En términos de propaganda, la construcción estética de Ju-ae es reveladora. Su vestimenta y peinado transmiten modernidad controlada, una élite cosmopolita dentro de los límites norcoreanos. Este contraste con la población general refuerza la narrativa de una clase dirigente casi aristocrática, legitimada por la historia revolucionaria y por el mito del sacrificio nacional.


El Noveno Congreso del Partido de los Trabajadores se perfila como un punto de inflexión. La presencia o ausencia de Ju-ae, así como cualquier título protocolario que se le otorgue, será analizada al milímetro por los servicios de inteligencia y los expertos internacionales. En un sistema donde la opacidad es norma, cada detalle público adquiere valor de dato estratégico.


En última instancia, la figura de Kim Ju-ae sintetiza varias dinámicas simultáneas: la continuidad dinástica, la teatralización del poder, la instrumentalización de la familia como herramienta política y la necesidad del régimen de proyectar estabilidad a largo plazo. Más allá de si llega o no a liderar Corea del Norte, su exposición pública ya ha cumplido una función clave: consolidar la idea de que el proyecto político de los Kim no tiene horizonte temporal definido. En un mundo donde las transiciones políticas suelen ser abruptas y contingentes, Pyongyang sigue apostando por una narrativa de eternidad.

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