La bola negra, una historia que merecía ser contada
Tenía bastante curiosidad por ver qué habían hecho Javier Calvo y Javier Ambrossi con La bola negra, y debo reconocer que el resultado ha superado mis expectativas. Hay algo especialmente interesante en la manera en la que han decidido contar esta historia. Tres épocas, tres hombres y una misma realidad que atraviesa generaciones: la dificultad de vivir libremente cuando la sociedad decide que tu forma de ser no merece un lugar en ella. La Guerra Civil ocupa un espacio fundamental, pero la película no se limita a narrar sus acontecimientos. Se detiene en las personas que quedaron atrapadas en aquella España, en sus deseos, sus miedos y, sobre todo, en la violencia que tuvieron que soportar. Me parece particularmente acertado que los directores no hayan querido suavizar esa realidad. Hay escenas verdaderamente duras, de una crudeza que incomoda, y precisamente por eso resultan necesarias.
Pero si hay algo que me ha llamado especialmente la atención es su extraordinario sentido visual. La fotografía, los escenarios, el vestuario y la iluminación están cuidados hasta el último detalle. Cada época tiene su propio lenguaje cinematográfico y, sin embargo, las tres terminan formando un conjunto perfectamente reconocible. Hay imágenes de una belleza extraordinaria, aunque nunca me ha parecido que la película utilice la estética para disimular la dureza de lo que cuenta. Al contrario, consigue que ambas convivan. También me gusta especialmente cómo se construye la relación entre Sebastián y Rafael en plena guerra, sin olvidar que detrás de aquel contexto histórico había sentimientos y vidas que no dejaban de existir por mucho que el país estuviera destrozado. Calvo y Ambrossi demuestran aquí una madurez cinematográfica considerable. El reparto, con Guitarricadelafuente, Miguel Bernardeau, Lola Dueñas y las intervenciones de Penélope Cruz y Glenn Close, contribuye a dar credibilidad y personalidad a un relato que necesita mucho de sus intérpretes.
No voy a negar que el principio puede hacerse algo largo. Incluso hay momentos en los que me he preguntado si determinadas escenas necesitaban tanto tiempo para desarrollarse. Sin embargo, a medida que avanza la película, uno empieza a comprender que esa construcción inicial era necesaria. Las historias no están ahí para sucederse sin más: necesitan encontrarse, y cuando finalmente se comprende la dimensión de sus conexiones, buena parte de lo anterior adquiere un significado distinto. Es una decisión narrativa arriesgada, que exige paciencia, pero que termina funcionando. También agradezco que la película no tenga constantemente la necesidad de explicar lo que está sucediendo. Confía en el espectador, le permite observar y sacar sus propias conclusiones. No todas las películas tienen que llevarnos de la mano durante las más de dos horas que dura una proyección.
Me alegra especialmente que se hagan películas como La bola negra. No porque debamos estar de acuerdo con cada una de sus decisiones, sino porque hay historias de nuestra historia reciente que merecen una mirada cinematográfica de esta calidad. La película tiene imperfecciones, algún pasaje podría ser más ágil y determinadas decisiones visuales me resultan menos interesantes que otras. Pero salgo de ella con la sensación de haber visto algo verdaderamente valioso. Lorca, cuya obra inacabada da origen a todo este universo, está presente de una manera que trasciende lo literario: también representa todo aquello que una sociedad intolerante puede llegar a destruir antes de que tenga siquiera la oportunidad de existir. La bola negra es una película necesaria, bellísima y dolorosa. Y, sobre todo, una magnífica demostración de que todavía hay historias capaces de conmovernos sin necesidad de recurrir a artificios.









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