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Preparativos para una guerra comercial con Trump en la UE


La Unión Europea (UE) se encuentra en un momento crítico de su historia reciente, enfrentada a un horizonte económico y geopolítico cargado de incertidumbre. A medida que el reloj avanza hacia el 1 de agosto de 2025, fecha límite impuesta por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, para culminar las negociaciones comerciales, Bruselas ha intensificado sus preparativos para un escenario que muchos temen inevitable: una guerra comercial a gran escala con la primera potencia mundial. Este conflicto, que amenaza con alterar las cadenas de suministro globales, disparar la inflación y frenar el crecimiento económico, ha llevado a la UE a adoptar una postura de firmeza estratégica, combinando diplomacia con la preparación de medidas de represalia. Este análisis profundiza en los preparativos de la UE, los desafíos que enfrenta y las implicaciones de un enfrentamiento económico que podría redefinir las relaciones transatlánticas.


El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reavivado los temores de una política comercial proteccionista que ya marcó su primer mandato. Desde su toma de posesión el 20 de enero de 2025, Trump ha intensificado su retórica contra los socios comerciales de Estados Unidos, acusando a la UE de mantener un déficit comercial “injusto” de 235.600 millones de dólares en 2024. Su anuncio de un arancel universal del 10% a las importaciones, junto con gravámenes específicos de hasta el 30% sobre productos europeos a partir de agosto, ha sido percibido en Bruselas como una declaración de guerra económica. Esta postura, que Trump ha bautizado como el “Día de la Liberación”, busca reducir el déficit comercial estadounidense y fomentar la producción local, pero a costa de tensionar las relaciones con aliados históricos. La UE, consciente de las consecuencias devastadoras de una escalada arancelaria, ha optado por un enfoque dual: negociar hasta el último minuto mientras se prepara para lo peor.


En el corazón de la estrategia europea está la Comisión Europea, liderada por Ursula von der Leyen, que ha reforzado su posición como baluarte de la unidad del bloque. Desde finales de 2024, un equipo de técnicos encabezado por el español Alejandro Caínzos ha trabajado en escenarios postelectorales, anticipando la victoria de Trump y elaborando un plan integral para responder a sus políticas. Este grupo ha diseñado una batería de medidas de represalia, incluyendo aranceles por valor de 92.000 millones de euros sobre productos estadounidenses como whisky, zumo de naranja, automóviles y tecnología. Además, la UE ha contemplado activar el instrumento anticoerción, una herramienta diseñada para contrarrestar presiones económicas externas mediante sanciones selectivas, como restricciones al comercio de servicios o medidas contra empresas estadounidenses que operan en suelo europeo. La visita reciente del presidente francés Emmanuel Macron al canciller alemán Friedrich Merz subraya la importancia de un eje franco-alemán revitalizado para coordinar esta respuesta, aunque las divisiones internas en la UE persisten.


El hartazgo de las capitales europeas con las tácticas negociadoras de Washington es palpable. Fuentes diplomáticas señalan un “consenso creciente” entre los Estados miembros sobre la insatisfacción con el proceso de negociación, que perciben como unilateral y coercitivo. Países como Francia, Alemania e Irlanda, con economías fuertemente expuestas al comercio transatlántico, han respaldado el uso del instrumento anticoerción, mientras que otros, como los Países Bajos o los países nórdicos, abogan por una postura más cautelosa para evitar una escalada que perjudique sus sectores exportadores. Esta tensión interna refleja el desafío de mantener la cohesión en un bloque de 27 naciones con intereses económicos divergentes, especialmente cuando sectores clave como la agricultura, el automóvil y el vino enfrentan el riesgo de aranceles punitivos.


El impacto económico de una guerra comercial total sería significativo. Según estimaciones de la ONU Comercio y Desarrollo (UNCTAD), las tensiones comerciales podrían reducir el crecimiento del PIB global al 2,3% en 2025, medio punto por debajo de las proyecciones previas. En la UE, países como España, con una fuerte dependencia de las exportaciones agrícolas y automotrices, podrían sufrir efectos indirectos, aunque no tan severos como los de Irlanda o Alemania. Un estudio de la Aston Business School advierte que, en el peor escenario, una confrontación arancelaria global podría reducir las exportaciones estadounidenses en un 66,6% y el nivel de vida en un 2,5%, mientras que la UE enfrentaría una contracción del comercio mundial del 1%, según la Organización Mundial del Comercio. Estos pronósticos han llevado a Bruselas a acelerar la diversificación de sus socios comerciales, fortaleciendo acuerdos con países como Japón, Corea del Sur y Mercosur, en un esfuerzo por mitigar la dependencia de los mercados estadounidenses.


La UE también ha explorado estrategias para apaciguar a Trump sin ceder a sus demandas. Una de las propuestas, respaldada por la presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, es el enfoque “Buy American”, que implica aumentar las compras de gas natural licuado (GNL) y armamento estadounidense. Esta táctica, utilizada con éxito por Jean-Claude Juncker en 2018, busca ofrecer a Trump victorias simbólicas que le permitan declarar un “triunfo” en las negociaciones. Sin embargo, la viabilidad de esta estrategia es incierta, dado el endurecimiento de la retórica de Trump, que recientemente acusó a la UE de “aprovecharse terriblemente” de Estados Unidos. Además, la propuesta de financiar compras de armamento no europeo con el instrumento europeo para inversión en defensa (EDIP) ha generado controversia, especialmente entre los países que priorizan la autonomía estratégica de la UE.


El contexto geopolítico añade otra capa de complejidad. La guerra comercial no es solo un enfrentamiento económico, sino también una prueba de la capacidad de la UE para proyectar poder en un mundo cada vez más fragmentado. La posibilidad de que Trump reduzca el apoyo estadounidense a Ucrania ha elevado la presión sobre Bruselas para asumir un papel de liderazgo en el conflicto, lo que podría requerir un aumento significativo del gasto en defensa. Este escenario obligaría a la UE a equilibrar sus recursos entre la preparación para una guerra comercial y el fortalecimiento de su seguridad, en un momento en que el motor franco-alemán muestra signos de debilidad y líderes como Pedro Sánchez enfrentan crisis internas, como la reciente DANA en Valencia.


A pesar de los esfuerzos diplomáticos, el pesimismo se ha instalado en Bruselas. El negociador jefe europeo, Maros Sefcovic, ha presentado propuestas para rebajar las tensiones, pero la falta de avances en las negociaciones y las amenazas explícitas de Trump han llevado a la UE a priorizar la preparación de sus defensas. La retórica beligerante de Washington, combinada con la imposición de aranceles recíprocos del 20% a China y la escalada de sanciones a productos europeos, ha generado un clima de incertidumbre que ya se refleja en los mercados. El índice EuroStoxx 50 registró caídas del 3% tras las últimas declaraciones de Trump, mientras que el oro, considerado un activo refugio, alcanzó máximos históricos. Los inversores, temerosos de una repetición de la Gran Depresión, han comenzado a reevaluar sus estrategias, anticipando un 2025 marcado por la volatilidad.


En este contexto, la UE se enfrenta a un dilema existencial: ceder ante las presiones de Trump podría debilitar su soberanía económica, pero una respuesta demasiado agresiva podría desencadenar una espiral de represalias que dañe a ambos lados del Atlántico. La experiencia de la guerra comercial de 2018, cuando los aranceles de Trump al acero y aluminio provocaron una respuesta limitada pero efectiva de la UE, sirve como referencia, pero la magnitud del desafío actual es mucho mayor. La decisión de Trump de imponer aranceles del 145% a las importaciones chinas y la retaliación de Pekín con gravámenes del 125% a bienes estadounidenses han elevado el riesgo de un “todos contra todos” comercial, en el que la UE podría quedar atrapada en el fuego cruzado.


A medida que se acerca el 1 de agosto, la UE se prepara para un escenario de pesadilla, pero no lo hace desde la pasividad. La Comisión Europea, respaldada por un consenso creciente entre los Estados miembros, ha demostrado una capacidad de adaptación notable, aprendiendo de las lecciones de la primera presidencia de Trump. Sin embargo, el éxito de su estrategia dependerá de su habilidad para mantener la unidad interna, diversificar sus alianzas comerciales y resistir las presiones de Washington sin sacrificar sus principios. En un mundo donde el proteccionismo gana terreno y las instituciones multilaterales como la OMC pierden influencia, la UE se juega no solo su prosperidad económica, sino también su relevancia como actor global. La cuenta atrás ha comenzado, y el resultado de este pulso comercial definirá el futuro de las relaciones transatlánticas en un momento de máxima incertidumbre.

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