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Tras un año de la Caída de Al-Asad: Siria en Transición

Actualizado: 12 dic 2025



“¿Cuál es la ocasión para todo este festejo?”

La frontera de Masnaa, normalmente una línea silenciosa entre dos países exhaustos, se ha convertido en la bisagra emocional de un país que despierta tras más de medio siglo de asfixia política. El retorno de miles de sirios por este paso, muchos de ellos convertidos en refugiados cuando apenas habían aprendido a caminar, funciona como un espejo en el que se reflejan tanto la euforia desbordada como el miedo que todavía orbita en torno a la caída de Bashar al-Asad. A pie de colina, entre un terreno pedregoso que no invita precisamente al optimismo, Yassín marca el compás del momento con un grito que ya se ha vuelto icónico: “¡Sigue el camino verde!”. Lo hace mientras ondea la bandera de la nueva Siria. No puede volver, porque perdió “todo lo que tenía” en la guerra, pero su rol se ha convertido en algo casi ceremonial: es quien inaugura el regreso que él mismo no puede permitirse.


Ese “camino verde” no existe físicamente en el suelo, sino en el símbolo que atraviesa toda la escena: la bandera de la oposición que muchos sirios empezaron a portar en 2011, cuando la represión del régimen los expulsó de su propio país. Ese detalle, aparentemente anecdótico, es revelador de un fenómeno más profundo: quienes regresan no lo hacen sólo para ocupar un territorio, sino para ocupar un tiempo que sienten que les robaron. La celebración se amplifica cuando aparece Munir, adolescente que partió rumbo al Líbano con cinco años y que hoy, un año después de la caída del régimen, entre ráfagas de disparos al aire y gritos de "allahu akbar", proclama: “Ha nacido un país: ¡el mío!”. Su declaración tiene algo de acto fundacional. “Ahora, no soy un refugiado, soy un ciudadano”. Él lo expresa con claridad, incluso con esa mezcla de entusiasmo y vértigo con la que los jóvenes suelen verbalizar los cambios históricos antes que los analistas. Su percepción no es técnica; es vital. Y precisamente por eso retrata tan nítidamente la política del momento en Siria.


“No conozco a mi país feliz, toda mi vida ha sido una espera de lo que hoy está pasando”

A su lado, Abu Maher, 53 años, ofrece otra capa de lectura. Su frase —“Esta es la mayor alegría para cualquier sirio”— adquiere un peso específico que va más allá de la emoción: coincide exactamente con el número de años que la familia al-Asad ha permanecido en el poder. Medio siglo de control político produce generaciones que ya no recuerdan otra cosa, y él mismo lo admite: “No conozco a mi país feliz, toda mi vida ha sido una espera de lo que hoy está pasando”. Su alegría no es sólo política; es un cierre emocional de una biografía marcada por la espera y el silencio. Esa perspectiva vital explica por qué tantos sirios, incluso los que aún no saben qué tipo de país encontrarán, interpretan este 8 de diciembre como un corte histórico.


Pero mientras miles cruzan hacia Siria con una mezcla de alivio, vértigo y celebración, en sentido contrario avanza un pequeño flujo que no se acopla al clima dominante. Ali, iraquí, marcha hacia el Líbano con su esposa y su hija, después de haber abandonado Damasco en cuanto cayó la madrugada del domingo. Su pregunta —“¿Cuál es la ocasión para todo este festejo?”— descoloca por contraste, y al mismo tiempo revela la heterogeneidad de lecturas que conviven en el terreno. Ali, que dice trabajar en “administración”, sostiene sin ambages que la caída de Al-Asad “no nos viene bien a nadie. Ni a los palestinos, ni a las resistencias”. Su frase apunta al corazón del llamado Eje de la Resistencia, ese entramado político-militar que conecta a Irán, Siria, Hezbolá y otros actores regionales en una narrativa común de resistencia geopolítica. Ali insiste en que “los sirios se darán cuenta”, y aunque concede un “que Dios bendiga a los que están felices”, su visión expone el temor a un vacío de poder que pueda ser aprovechado por otros actores regionales.


Ese temor está especialmente presente en territorio libanés, donde Hezbolá observa la caída del régimen sirio con una inquietud que no necesita comunicados oficiales para hacerse evidente. El movimiento considera que la organización rebelde Liberación del Levante (HTS) responde a intereses de EEUU e Israel, y teme que Benjamín Netanyahu intente transformar el nuevo equilibrio en una extensión de la agenda israelí. Lo cierto es que, de forma inmediata, Israel dio un paso sin precedentes: el Ejército israelí entró en el lado sirio del monte Hermón por primera vez en medio siglo. La declaración del jefe de Estado Mayor, Herzi Halevi, anunciando un “cuarto frente” en Siria, introduce una variable militar que puede reconfigurar completamente el escenario pos-Asad. Este movimiento no se vive del mismo modo en ambos lados de la frontera. Para Ali y para los simpatizantes del antiguo equilibrio regional, este tipo de acciones confirma el temor a un reajuste que perjudique a las resistencias. Para los repatriados sirios que celebran en Masnaa, la cuestión israelí e incluso la postura de Hezbolá son temas secundarios o ajenos. Como dice Abu Maher: “Lo que piense Hezbolá o lo que piense Israel de esto no es nuestro asunto. Nosotros somos el pueblo sirio, y hoy hemos vencido nosotros”.


Esa frase ilustra un punto esencial del momento político: la población que vuelve no está pensando en las implicaciones diplomáticas o en el equilibrio regional, sino en la liberación interna, en la posibilidad de un presente que no dependa de los miedos heredados. Sin embargo, en paralelo, todos reconocen que el optimismo no borra los dilemas. Turquía se ha convertido en uno de los actores más influyentes del nuevo mapa sirio, especialmente por su apoyo a las facciones que han permitido a la HTS hacerse prácticamente con toda la geografía siria en apenas once días. La pregunta que sobrevuela ahora es si esa influencia derivará en una presión adicional sobre las poblaciones kurdas, tanto dentro de Siria como en suelo turco. Pero incluso esta preocupación, muy presente entre analistas, se diluye en la escena del paso fronterizo cuando aparece Soran, refugiada siria kurda en Beirut, que ondea ambas banderas —la de la oposición y la de Rojava— desde su coche. “Hoy hemos ganado nosotros también. El pueblo sirio es uno”, afirma. Su mensaje encapsula una aspiración difícil de materializar pero imprescindible para comprender el ánimo del momento: la idea de que el nuevo país pueda superar las fracturas étnicas, políticas y territoriales que han definido el conflicto desde 2011.


En este contexto, Rojava ha aprovechado el avance de la HTS para tomar Deir ez-Zor desde el este, un movimiento que reconfigura el equilibrio interno incluso antes de que la oposición termine de hacerse con las instituciones del Estado. A todo ello se suma la cuestión de los prisioneros, un capítulo que simboliza con crudeza la herencia del régimen. La prisión de Sednaya, al sur de Damasco, se ha convertido en el emblema del horror sistemático del poder que ahora colapsa. Las “válvulas rojas”, celdas subterráneas selladas donde los prisioneros sobreviven sin conexión con el exterior, representan el nivel de brutalidad que las nuevas autoridades tendrán que enfrentar incluso antes de ponerse manos a la obra en la transición institucional. En esa línea, la presencia de Hania en la frontera aporta la imagen más desgarradora de la jornada: vestida de negro, con gafas oscuras y un maletín, asciende sola por la colina. No celebra. No grita. No sonríe. Su hijo lleva catorce años en Sednaya. “No sé si lo voy a encontrar, no sé si está vivo o muerto”, confiesa. Su dolor contrasta con el júbilo que la rodea y recuerda que el cambio político no repara automáticamente las heridas personales.


Mientras Hania avanza hacia la incertidumbre, la fila de repatriados se extiende hasta donde la vista no alcanza. Son parte de los 6,7 millones de sirios en la diáspora que podrían plantearse regresar si los rebeldes consolidan su posición. Pero no todos se sienten llamados por la idea del retorno inmediato. Rama, estudiante de medicina en Beirut, nacida en Alepo, lo expresa sin dramatismos: “No echo nada en falta aquí en el Líbano”. Sostiene una bandera de la oposición pintada en la mejilla mientras dice esto, y su paradoja refleja otra realidad: hay jóvenes sirios que ya han construido una vida fuera y que podrían no deshacerla fácilmente. Su caso es un recordatorio de que el regreso masivo no es automático ni universal, aunque la caída de Al-Asad esté sirviendo como catalizador para los partidos de la derecha cristiana libanesa, que ya aprovechan el momento para reactivar el discurso de retorno voluntario. Turquía lleva años impulsando políticas similares con los 3,7 millones de sirios en su territorio, y algunos países europeos, como Dinamarca y Suecia, también han promovido el regreso a zonas sirias no controladas por el régimen. El nuevo marco político acelerará esas dinámicas y reconfigurará el debate sobre integración, retorno y reconstrucción.


Si en la diáspora el debate se mueve entre el impulso de volver y la decisión de quedarse, dentro de Siria los casi seis millones de desplazados internos se enfrentan a un laberinto aún más complejo: la fragmentación territorial ha impedido durante años su retorno a pueblos y ciudades convertidos en feudos de diferentes facciones. El nuevo equilibrio podría abrir rutas, pero también podría crear nuevas tensiones en áreas donde la autoridad efectiva aún no está consolidada.


Quien no parece tener retorno posible es Bashar al-Asad. El ya expresidente ha recibido asilo en Rusia por “razones humanitarias”, aceptando desde Moscú una transición pacífica del poder. Según la agencia Interfax, Rusia está dispuesta a que Naciones Unidas supervisen la formación del nuevo Gobierno tras 24 años de presidencia. Este es un gesto diplomático significativo: no sólo señala el final de una era, sino que sitúa la transición siria bajo un modelo híbrido de tutela internacional y legitimidad interna, cuyo éxito dependerá de la coherencia de las nuevas autoridades y de su capacidad para gestionar tanto los símbolos del pasado como las urgencias del presente.


Mientras tanto, en Masnaa, la escena inicial persiste: padres que vuelven con la esperanza reconstruida, adolescentes que dejan de definirse como refugiados, madres que avanzan hacia los restos de un sistema que les arrebató a sus hijos. Todos atraviesan el mismo camino simbólico, el “camino verde” que Yassín continúa señalando, como si quisiera garantizar que nadie se pierda en el proceso. La jornada condensa todas las capas que definen la Siria que emerge: la celebración, el duelo, el recelo, la euforia, la resistencia, la incertidumbre y la determinación de millones de personas por recuperar su lugar en el mundo después de catorce años de guerra.

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