Trump advierte a Irán sobre su poder militar, pero arriesga una guerra regional
- Nicolás Guerrero

- 29 ene
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Trump vuelve a mirar a Irán con una mezcla de impaciencia, cálculo político y un instinto que ya se ha convertido en marca registrada: la preferencia por golpes militares rápidos, quirúrgicos, con una estética de contundencia y un coste limitado. No es solo una cuestión de doctrina estratégica; es una cuestión de supervivencia política interna. Y eso, en el contexto iraní, es precisamente lo que convierte la situación en tan peligrosa.
En las últimas semanas, el presidente estadounidense ha intensificado el tono: amenazas explícitas de nuevos ataques “con gran poder”, ultimátums en clave de cuenta atrás —“se acaba el tiempo”— y una batería de exigencias que van mucho más allá del expediente nuclear. La lógica es clara: imponer una negociación desde una posición de fuerza, forzar concesiones estructurales y, si no hay acuerdo, utilizar el castigo militar como mecanismo de coerción. Es el mismo patrón que Trump ha aplicado en otros escenarios: presión máxima, escalada controlada y la promesa de que la operación será corta. Pero Irán no es un objetivo “gestionable” en los mismos términos que otros teatros.
La gran tentación —y aquí está el núcleo del dilema— es que Trump y, en paralelo, Israel, podrían considerar que este es el momento para ir más allá del simple castigo y apuntar a un objetivo mayor: debilitar o incluso derribar al régimen iraní, alterando el equilibrio de poder en Oriente Medio. La pregunta no es si esa idea circula; es hasta qué punto se está convirtiendo en un plan plausible. Porque el régimen iraní atraviesa un momento de debilidad interna, pero no de pasividad externa. Es una combinación explosiva: un Estado cuestionado en casa, con capacidad real para incendiar la región fuera.
El precedente inmediato pesa. En junio, ataques contra instalaciones iraníes mostraron que Washington puede golpear y retirarse sin entrar en un conflicto prolongado. Y, en un episodio reciente en Venezuela, una incursión rápida para capturar a Nicolás Maduro (una operación relámpago, de alto impacto mediático) reforzó la idea de que Trump se siente cómodo con acciones militares limitadas, “limpias”, sin ocupación ni compromiso a largo plazo. Es, además, el tipo de acción que su base MAGA tolera e incluso aplaude: fuerza, espectáculo, resultados. Nada de guerras eternas. Nada de “nation building”. Nada de ataúdes diarios.
El problema es que, con Irán, el “golpe rápido” puede ser el prólogo de algo mucho más grande. La razón es estructural: Irán no necesita ganar una guerra convencional para hacerla insoportable. Solo necesita convertirla en una crisis regional sostenida, con ataques contra objetivos estadounidenses y aliados, presión sobre rutas energéticas, escalada con proxies y un clima generalizado de inseguridad. El régimen sabe que no puede igualar a Estados Unidos en superioridad militar clásica; su estrategia es asimétrica, distribuida y diseñada para desgastar.
Esa es la advertencia central de los analistas que observan el tablero: un Irán acorralado es un Irán más imprudente. No solo contra sus enemigos, también contra su propia población. La represión interna tras las protestas recientes ha dejado miles de muertos, según cifras oficiales, y muchas más según organizaciones de derechos humanos. La dimensión política de esa represión es clave: el régimen ha cruzado líneas rojas con su sociedad y necesita proyectar control absoluto. Si percibe que el exterior aprovecha su fragilidad, puede responder con brutalidad para evitar cualquier imagen de debilidad. En regímenes de este tipo, la estabilidad no se negocia: se impone.
Aquí aparece el punto más incómodo para Washington: la presión militar puede no funcionar como palanca de rendición, sino como incentivo para la escalada. La teoría de Trump —amenazar para forzar la sumisión— puede estrellarse contra la psicología de un régimen que interpreta la concesión como un suicidio. Para Teherán, ceder en condiciones humillantes puede ser más peligroso que enfrentarse a un choque militar. Una guerra con Estados Unidos, por dura que sea, permite al régimen activar el reflejo nacionalista, cohesionar parte de la sociedad y etiquetar a la oposición como “traidores”. En cambio, capitular ante Washington sin resistencia puede ser letal para su legitimidad interna.
La administración estadounidense, sin embargo, ha elevado el listón. Las exigencias ya no se limitan a detener el enriquecimiento nuclear. Incluyen, según el marco que se está filtrando: fin permanente de todo enriquecimiento, eliminación de reservas actuales, límites severos a misiles balísticos y el abandono del apoyo a actores aliados en la región —Hamas, Hezbollah, los hutíes en Yemen, entre otros. Es decir: no solo cambiar un programa técnico, sino reconfigurar el ADN estratégico de Irán. Y eso es, para el régimen, pedirle que renuncie a sus instrumentos de supervivencia.
Ahí entra la discusión de fondo que muchos diplomáticos repiten desde hace años: ¿se negocia el expediente nuclear o se pretende una rendición geopolítica total? Porque si se mezclan todas las demandas en un único paquete maximalista, el resultado previsible es el bloqueo. Incluso actores con peso regional, como Turquía, han defendido separar el dossier nuclear del resto. No por simpatía hacia Teherán, sino por realismo: Irán puede aceptar restricciones nucleares bajo presión, pero no puede aceptar desmantelar su red regional sin perder capacidad de disuasión.
Mientras tanto, Irán también juega su partida diplomática. Ha buscado mediación y respaldo indirecto a través de Arabia Saudí, Qatar y Egipto, intentando reabrir canales con Washington y evitar una escalada. No es un gesto de paz; es un gesto de supervivencia. En Oriente Medio, los intermediarios no se usan para reconciliarse: se usan para ganar tiempo, evitar la peor opción o mejorar la posición negociadora. Y en este caso, el tiempo es el activo más valioso.
La dimensión militar se está recalibrando. Tras los movimientos recientes en la región, Estados Unidos cuenta con más activos desplegados y, por tanto, más opciones operativas. Esa acumulación tiene un doble filo. Por un lado, aumenta la capacidad de disuasión y permite ataques más complejos. Por otro, eleva el riesgo de error de cálculo: cuanto más material hay en la zona, más “blancos” hay dentro del alcance iraní. Y el propio secretario de Estado, Marco Rubio, lo ha reconocido ante legisladores: decenas de miles de soldados estadounidenses están al alcance de drones kamikaze y misiles balísticos iraníes. La presencia puede ser defensiva, pero también habilita una respuesta “preventiva”. Esa palabra —preemptive— es un umbral político y jurídico enorme, y también una señal estratégica: se está preparando el terreno para justificar acción.
En este escenario, Trump se enfrenta a una contradicción que él mismo ha fabricado. Al posicionarse públicamente como apoyo moral a los manifestantes iraníes y amplificar el pulso interno contra el régimen, ha generado expectativas. Ha puesto su credibilidad sobre la mesa. Si ahora se limita a amenazas sin ejecución, corre el riesgo de parecer que retrocede. Y en la política exterior trumpista, retroceder no es una opción estética: es una debilidad que se castiga. Esto es particularmente relevante porque, para Trump, la política exterior es un escenario de narrativa: quién domina, quién impone, quién se impone. La coherencia no siempre importa; la percepción sí.
A la vez, los expertos subrayan un hecho incómodo: Trump no quiere una guerra larga. No la quiere estratégicamente y no la quiere electoralmente. No quiere un Irak 2.0. No quiere ocupación. No quiere un conflicto que drene recursos y capital político. En otras palabras: quiere la foto del éxito sin la factura del proceso. Pero Irán, precisamente, es el tipo de actor que convierte cualquier golpe en una factura abierta.
De ahí que se barajen varios escenarios de acción, cada uno con riesgos distintos.
Uno: ataques limitados y repetidos para mantener la presión y forzar un acuerdo rápido sobre el enriquecimiento nuclear. Sería la opción más coherente con la preferencia trumpista por operaciones cortas. La lógica aquí es que, si Irán ya no puede enriquecer tras ataques previos, un acuerdo que formalice esa realidad podría venderse como victoria. El régimen quedaría humillado, pero intacto. Sería el equivalente geopolítico de “te dejo vivir, pero te dejo claro quién manda”. Esta vía tiene una ventaja: reduce el riesgo de colapso del Estado iraní. Tiene un inconveniente: el régimen puede responder igualmente con ataques asimétricos para no parecer sometido.
Dos: decapitación selectiva del liderazgo. Es la fantasía recurrente de muchos halcones: eliminar a la cúpula para provocar desorganización y caída. Pero el historial de “decapitation strikes” es irregular. Puede generar caos, sí, pero no necesariamente transición democrática. Puede producir un liderazgo más joven, más ideologizado y más decidido a acelerar hacia el arma nuclear como seguro de vida. Es decir: puede empeorar el problema que se pretende resolver.
Tres: ataque a la estructura de poder, especialmente a la Guardia Revolucionaria. Esto apunta al núcleo del régimen: su aparato de coerción, su economía paralela, su influencia regional. Golpear ahí es golpear la columna vertebral. Pero también es cruzar una línea roja: para Teherán, sería una amenaza existencial. Y cuando un régimen percibe amenaza existencial, responde sin frenos.
Cuatro: golpear infraestructura energética. Es una opción de estrangulamiento económico: cortar ingresos, aumentar la presión interna, reducir capacidad operativa. Es también una invitación al desastre regional: el petróleo y el gas son el sistema circulatorio del Golfo. Tocar esa infraestructura abre la puerta a ataques de represalia contra instalaciones en Arabia Saudí, Emiratos o rutas marítimas estratégicas. La consecuencia inmediata sería volatilidad energética global, impacto en inflación, tensión en mercados. En términos de negocio —y Trump piensa en términos de negocio— sería una apuesta arriesgada.
Cualquiera de estos escenarios, además, implicaría una fase inicial imprescindible: destruir defensas aéreas debilitadas, atacar producción y lanzaderas de misiles, degradar capacidades de drones. No solo para hacer daño, sino para reducir la capacidad de respuesta iraní. Pero incluso una degradación significativa no elimina el problema: Irán tiene redundancia, dispersión y redes indirectas.
Y aquí aparece el gran “qué pasa después”, la pregunta que nadie puede contestar sin vender humo: si el régimen cae, ¿quién toma el control? Rubio lo resumió con crudeza: es una pregunta abierta. No hay un sucesor claro, no hay una oposición unificada con control territorial, no hay garantías de transición democrática. Y el vacío de poder en un país como Irán —con su tamaño, su identidad nacional, sus fracturas internas y su posición estratégica— no se gestiona con un comunicado de prensa.
Hay un riesgo adicional que se menciona menos pero es crucial: el incentivo nuclear. Si el
régimen cae y emerge una élite más radical, el aprendizaje podría ser brutal y directo: “sin disuasión nuclear, te atacan; con disuasión nuclear, te respetan”. Esa lección ya existe en la memoria estratégica de muchos Estados. Un Irán post-régimen, herido y paranoico, podría acelerar hacia el arma nuclear con más determinación que el régimen actual. Es decir: el éxito táctico puede generar un fracaso estratégico.
Por eso, aunque en Washington haya quienes “huelen debilidad” y quieran aprovechar el momento, la ventana de oportunidad es también una ventana de riesgo. Oriente Medio no perdona los vacíos de poder ni las apuestas de corto plazo. Un golpe que parezca brillante en la primera semana puede convertirse en una crisis regional en el tercer mes. Y ese es el tipo de conflicto que Trump, precisamente, no quiere.
En el fondo, la situación expone una tensión que define la política exterior estadounidense contemporánea: la ambición de remodelar el orden regional sin asumir los costes de hacerlo. Trump busca impacto máximo con inversión mínima. Busca coerción sin guerra, o guerra sin desgaste. Pero Irán es un actor diseñado para castigar ese enfoque: si se le presiona hasta el borde, responde con caos; si se le deja respirar, reconstruye capacidades; si se le humilla, se radicaliza. Es un adversario que convierte la estrategia de “golpe y salida” en un problema de “golpe y consecuencias”.
El reloj que Trump dice que corre para Irán también corre para él. Porque cuanto más sube el tono, más estrecho se vuelve el margen para retroceder sin pagar un precio político. Y cuanto más se acumulan fuerzas y opciones en la región, más fácil es que una decisión rápida —o un incidente mal interpretado— empuje a todos hacia una escalada que nadie dice querer, pero que muchos podrían terminar provocando.
En esta partida, la amenaza no es solo la guerra. Es la ilusión de que puede controlarse.







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