top of page

Europa según Macron



Hubo insultos e intimidaciones sobre Groenlandia y, de repente, un retroceso. Pero no ha terminado. Cada semana habrá amenazas. Estamos viviendo una profunda ruptura geopolítica
¿La paz en Ucrania? No vamos a delegar los intereses europeos en nadie. Tampoco en los EEUU

La ideología que impera hoy en EEUU es ostensiblemente y abiertamente antieuropea. No respeta a la Unión Europea y desea su desmembramiento

A sus 48 años, Emmanuel Macron entra en la fase crepuscular de su presidencia con una narrativa cuidadosamente construida: el reformista precoz convertido en estratega global, el europeísta visionario que, tras perder tracción en casa, intenta consolidar su legado en la escena internacional. La entrevista concedida desde el Elíseo a un consorcio de medios internacionales funciona menos como una conversación y más como un manifiesto político de final de ciclo. Macron no solo describe el mundo: intenta fijar el marco interpretativo desde el que Europa debería entenderlo. El problema es que, tras nueve años de poder, el gap entre diagnóstico y ejecución sigue siendo el punto débil de su proyecto.


El presidente parte de una constatación real: el eje franco-alemán ya no estructura automáticamente la dinámica europea. El hecho de que Italia haya coproducido un documento estratégico con Alemania sobre competitividad es más que un gesto técnico; es un síntoma de la redistribución del poder interno en la UE. Macron minimiza la erosión del liderazgo franco-alemán, pero su respuesta revela una defensa implícita del statu quo. Habla de alineación y respeto, pero evita abordar el fondo: Francia ya no es el centro indiscutido del proyecto europeo, y Alemania tampoco. El liderazgo es ahora más fragmentado, más transaccional y, por tanto, menos capaz de impulsar grandes saltos integradores.


El diagnóstico geopolítico de Macron es, en líneas generales, sólido. Estados Unidos ya no es un garante automático de seguridad; Rusia ha roto el contrato energético implícito; China ha pasado de socio a competidor sistémico. El presidente articula esta transición como una ruptura histórica acelerada tras la pandemia y consolidada en el último año. Sin embargo, su discurso peca de cierta autocomplacencia retrospectiva: muchos de estos riesgos eran evidentes desde hace más de una década, y Europa —incluida Francia— prefirió gestionarlos como externalidades antes que como amenazas estratégicas.


Macron insiste en que Europa ha sido un “factor de ajuste” del sistema global, absorbiendo shocks sin capacidad de respuesta autónoma. La formulación es lúcida, pero también es una admisión tácita de fracaso político. Tras casi una década en el poder, Macron ha tenido más influencia que ningún otro líder europeo en la construcción de esa autonomía estratégica. Que aún hable de “despertar” europeo es, implícitamente, reconocer que ese despertar no se ha materializado en la escala prometida.


La “coalición de voluntarios” para Ucrania aparece en la entrevista como un hito casi fundacional. Macron la presenta como una revolución estratégica que reduce la dependencia de Estados Unidos. La afirmación tiene valor político, pero exagera la realidad militar y logística. Europa ha aumentado su implicación, pero sigue sin una cadena de mando integrada, sin una base industrial de defensa plenamente coordinada y sin una doctrina estratégica común. La coalición es un avance, sí, pero también una solución ad hoc, no una arquitectura estructural.


En el plano económico, Macron intenta navegar entre la apertura comercial y la protección industrial. Su crítica al acuerdo Mercosur, centrada en la ausencia de cláusulas espejo y en el riesgo de desindustrialización, conecta con una preocupación legítima: la globalización asimétrica. Sin embargo, el discurso de los “acuerdos justos” se ha convertido en un comodín político. La UE lleva años debatiendo esta fórmula sin definir con claridad qué significa en términos operativos y qué costes está dispuesta a asumir. Macron apunta al problema, pero evita concretar el trade-off entre competitividad, precios para consumidores y soberanía industrial.


Su visión institucional se sitúa en un pragmatismo funcionalista: sin cambios de tratado, pero con cooperación reforzada. Rechaza el término federalismo por sus connotaciones políticas, pero defiende de facto una integración ejecutiva acelerada. Este enfoque tiene una lógica estratégica, pero plantea un déficit democrático evidente. Decidir “rápido y juntos” sin un mandato político explícito refuerza la percepción de una Europa tecnocrática, uno de los factores que alimentan la contestación populista que Macron dice observar con preocupación.


El capítulo financiero es, quizá, el más consistente. Macron identifica correctamente la paradoja del ahorro europeo: un enorme volumen de capital que financia deuda y empresas extranjeras, mientras Europa carece de instrumentos fiscales comunes para invertir en su propio futuro. La propuesta de eurobonos orientados a proyectos estratégicos es coherente, pero políticamente explosiva. Macron vuelve a situarse como impulsor de ideas que Europa necesita, pero que él mismo no ha logrado convertir en consenso político durante su mandato.


Sobre la extrema derecha, Macron adopta un tono calculadamente frío. Subraya el pragmatismo inducido por el ejercicio del poder y evita un discurso alarmista. Es una lectura parcialmente realista, pero insuficiente. La experiencia reciente muestra que estos gobiernos pueden no destruir la UE desde dentro, pero sí ralentizarla, bloquear reformas y erosionar normas comunes. El riesgo no es solo la salida, sino la parálisis.


El análisis energético revela uno de los sesgos estructurales del discurso macroniano. Al atribuir los problemas del sistema español a la dependencia renovable sin respaldo de red, minimiza el debate sobre interconexiones y solidaridad energética. La defensa implícita del modelo nuclear francés es comprensible desde una lógica industrial, pero evidencia la falta de una visión verdaderamente europea de la transición energética. Macron habla de soberanía europea, pero en energía sigue operando con reflejos nacionales.


En cuanto a Rusia, Macron adopta una postura de realismo geográfico: Moscú no desaparecerá y Europa debe tener voz propia en cualquier arquitectura de seguridad futura. La reanudación de canales técnicos es prudente, pero su insistencia en sentarse en la mesa de negociación revela una tensión entre principios y realpolitik. La UE carece aún de una política exterior verdaderamente unificada, y la ambición de Macron choca con esa fragmentación estructural.


Los episodios de Groenlandia y la guerra arancelaria con Estados Unidos sirven para reforzar su narrativa de inestabilidad permanente. Macron describe un mundo de crisis continuas, donde la única estrategia racional es reducir dependencias. Es una tesis convincente, pero que llega tarde: Europa ha tardado demasiado en internalizar esa lógica, y buena parte de esa inercia se produjo durante el propio mandato de Macron.


Su gestión de la relación con Trump se presenta como profesional y firme. Sin embargo, la insistencia en una “Europa potencia” contrasta con la realidad de una UE que sigue reaccionando más que actuando. Macron habla de una potencia predecible, basada en el Estado de derecho, como ventaja competitiva frente al autoritarismo chino y la extraterritorialidad estadounidense. El argumento es potente para inversores y aliados, pero ignora las fracturas internas del Estado de derecho dentro de la propia UE, un problema que Macron menciona de forma tangencial, pero que socava la credibilidad del proyecto.


La dimensión digital es uno de los terrenos donde su discurso adquiere mayor coherencia normativa. La crítica a la monetización de datos y a la “privatización de las mentes” conecta soberanía digital con protección social y democrática. Aquí Macron articula una visión normativa fuerte, alineada con una concepción europea del capitalismo regulado. Sin embargo, la capacidad de Europa para imponer estas reglas globalmente sigue siendo limitada sin un verdadero poder industrial y tecnológico propio.


En conjunto, la entrevista revela a un Macron más estratega que gestor, más doctrinario que ejecutor. Su visión de Europa es coherente, estructurada y, en muchos puntos, anticipatoria. Pero también expone la paradoja central de su presidencia: haber sido el líder que más habló de soberanía europea sin haber logrado consolidarla como realidad institucional plena.

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación

© 2026 Flash Info

bottom of page