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Feijóo, bajo la tormenta Mazón



El aniversario de la DANA que devastó Valencia debía ser un acto de recogimiento nacional. Un momento solemne en el que las instituciones se fundieran en un mismo propósito: honrar a las víctimas, acompañar a sus familias y demostrar que el Estado aprende de sus errores. Sin embargo, el clima que rodea este primer aniversario dista mucho de esa imagen de unidad. El nombre del president Carlos Mazón se ha convertido en el epicentro de un vendaval político que amenaza con eclipsar el recuerdo de las víctimas y la dignidad del homenaje.


Que varias familias hayan solicitado expresamente que Mazón no acuda al acto es un hecho sin precedentes en la historia democrática valenciana. Refleja el profundo descrédito que arrastra el jefe del Consell, un año después de aquella tarde de horror en la que decenas de personas perdieron la vida ahogadas sin recibir alertas, avisos ni instrucciones claras. El drama humano se agrava por una sensación colectiva de abandono institucional. Nadie ha explicado con transparencia qué falló ni quién debía haber actuado. Y, sobre todo, nadie ha asumido la responsabilidad política por una cadena de negligencias que costó vidas.

Mazón ha intentado construir un relato alternativo: el de un dirigente firme, comprometido con la reconstrucción, que reivindica la capacidad del pueblo valenciano para levantarse. Pero esa narrativa se derrumba ante los hechos. No hay reconstrucción posible sobre la base del engaño. Durante meses, el president ha variado su versión de los hechos, ha respondido con altivez a las preguntas legítimas de los periodistas y ha preferido atacar a quienes investigaban antes que dar la cara. Lo que podría haberse resuelto con humildad y transparencia se ha convertido, por su obstinación, en un símbolo de arrogancia política.


Un año después, las preguntas siguen siendo las mismas. ¿Dónde estaba Mazón aquella tarde? ¿Por qué no se activaron a tiempo los protocolos de emergencia? ¿Qué papel jugaron los responsables de Protección Civil y de la Agencia de Seguridad en una catástrofe que los meteorólogos habían pronosticado con días de antelación? La sociedad valenciana —y buena parte de la española— merece respuestas que todavía no llegan. Y cada día de silencio agrava la herida moral de una comunidad que no olvida.

La gestión posterior tampoco ha estado a la altura. Las promesas de indemnización se han cumplido a medias, los proyectos de reconstrucción avanzan con lentitud y la atención a las familias de las víctimas se ha burocratizado hasta el límite del desamparo. En este contexto, la presencia de Mazón en un funeral de Estado no es solo políticamente incómoda: es una afrenta emocional. Su figura se ha convertido en una sombra que planea sobre cualquier gesto institucional, desplazando el foco de las víctimas hacia su propia supervivencia política.


Nada de esto sería posible sin el silencio cómplice del Partido Popular. Lo que debería haber sido una crisis regional ha acabado transformándose en un problema nacional para la dirección de Alberto Núñez Feijóo. El PP ha preferido mirar hacia otro lado, en nombre de una disciplina interna que, en este caso, roza la indecencia. Ni una palabra clara, ni una posición firme, ni una sola muestra de empatía pública hacia quienes han perdido a sus seres queridos. La estrategia es conocida: dejar que el tiempo apague los incendios. Pero en este caso, el fuego no se apaga; se enquista.

Feijóo, que construye su imagen sobre la idea de moderación y solvencia, debería entender mejor que nadie el coste de sostener a Mazón. Su liderazgo se debilita cuando el ciudadano percibe que calla ante lo inaceptable. No se le pide que asuma culpas ajenas, sino que ejerza autoridad moral. El presidente del PP no gobierna la Generalitat Valenciana, pero sí representa a un partido que aspira a encarnar la ética del servicio público. Callar ante una gestión que ha dejado decenas de muertos y un sinfín de mentiras es incompatible con esa aspiración.


La historia reciente demuestra que la indulgencia con los propios acaba resultando letal. Mazón ya fue un lastre en 2023, cuando su pacto apresurado con Vox permitió al PSOE agitar con éxito el miedo a la ultraderecha en plena campaña electoral. Hoy ese lastre amenaza con hundir de nuevo al PP, no por razones ideológicas, sino morales. La sociedad española, incluso la más conservadora, valora la rendición de cuentas y la empatía. Feijóo, que busca aparecer como el rostro sensato del centro derecha, no puede permitirse sostener a un dirigente que simboliza exactamente lo contrario.

El dilema es tan político como ético. Cada día que Mazón permanece en el cargo, el peso de la tragedia se reparte entre ambos. El president valenciano, por su gestión y su falta de autocrítica; Feijóo, por su pasividad. Mientras tanto, el PP pierde la oportunidad de demostrar que es capaz de regenerarse desde dentro, de aplicar la misma exigencia que reclama al adversario. Y la ciudadanía asiste, entre la resignación y la rabia, a un espectáculo que degrada el sentido mismo de la responsabilidad pública.


La DANA que arrasó Valencia fue un fenómeno meteorológico devastador. Pero la que hoy sigue azotando a la política española es una tormenta moral. En el centro del temporal, Mazón intenta resistir los vientos del descrédito; y a su lado, Feijóo calcula los daños, midiendo cada palabra, como si el silencio fuera una forma de control. No lo es. En política, el silencio ante la injusticia no amortigua los golpes: los amplifica.

Feijóo todavía está a tiempo de cortar el cordón que lo une a Mazón, de demostrar que la sensatez y el liderazgo también consisten en decir basta. Porque mientras el president valenciano siga aferrado al poder, la lluvia de la sospecha y del desprecio seguirá cayendo, incesante, sobre su partido. Y porque en esta tormenta, cada minuto de silencio suena como un trueno más en el cielo político de España.

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