Las falsedades de Mazón en la comisión de la dana en el Congreso
- Nicolás Guerrero

- 17 nov 2025
- 5 Min. de lectura
“No estuve ausente”
“La Aemet decía a las 17 horas que la tormenta iría hacia Cuenca”
“No hubo conocimiento de las primeras pérdidas de vidas humanas hasta bien entrada la madrugada” “Nadie sabía que la gente se estaba ahogando”
“A las siete de la tarde estaba hablando de fútbol porque era ajeno a la tragedia”
“No existe protocolo del Es-Alert”
“Hay otras universidades, como la Universidad Politécnica de Valencia, que no cerraron las clases”
“He asumido tal nivel de responsabilidad política que he acabado renunciando al cargo. Y aquí nadie da sus llamadas, sus comidas, su itinerario... El único soy yo”
La comparecencia de Carlos Mazón este lunes en la comisión de investigación de la dana ha marcado un punto de inflexión político que llevaba un año agitando la vida institucional valenciana. Llegó a la sala con gesto contenido, la voz en el registro de quien pretende proyectar control, y un mensaje que trató de fijar desde el primer minuto: no estuvo ausente, actuó con la información disponible y no tuvo conocimiento real del alcance de la tragedia hasta bien entrada la madrugada. Ninguna de esas afirmaciones logró disipar las dudas que han acompañado su figura desde la tarde del 29 de octubre, el día en que Valencia quedó sumergida en una riada mortal que terminó con la vida de 229 personas.
Durante horas, Mazón se movió entre explicaciones técnicas, apelaciones al contexto meteorológico y una defensa cerrada de su papel. Sin embargo, su propio relato dejó fisuras en puntos críticos, especialmente cuando los diputados le solicitaron detalles concretos sobre tramos horarios que llevan un año sin aclararse. El primero, y el más sensible políticamente, es la franja clave entre las 18.45 y las 20.00. Un periodo durante el cual ni su equipo, ni Emergencias, ni la consellera de Interior lograron contactar con él, y del que el president sólo ha ofrecido una descripción tan imprecisa como desacompasada con lo que ocurría fuera: asegura que caminó desde el restaurante El Ventorro hasta el Palau, algo que habría requerido unos diez minutos, pero tardó más de una hora en aparecer.
Mazón insistió en que no estuvo desaparecido, aunque los registros que él mismo ha ido dosificando con cuentagotas apuntan a lo contrario. Entre las 18.57 y las 19.34 no realizó ni recibió llamadas. Nadie sabe qué ocurrió durante esos 37 minutos. Tampoco ha habido explicación convincente sobre por qué el teléfono permaneció en silencio cuando la jefa de Emergencias intentó contactarle en dos ocasiones, a las 19.10 y 19.36, en pleno ascenso del drama. La respuesta del president fue que llevaba el móvil en la mochila. La oposición replicó que un jefe del Consell, en medio de un episodio de emergencia histórica, no puede permitirse ese margen.
Otro de los puntos que levantó mayor tensión fue su afirmación de que “nadie sabía que la gente se estaba ahogando” hasta la madrugada. Esa versión, repetida varias veces, se desmorona frente a los datos oficiales. El primer desaparecido —el camionero José Hernaiz— dejó de responder al teléfono a las 11.45. A la una de la tarde, Emergencias acumulaba ya miles de llamadas de ciudadanos pidiendo rescate. Entre las 13.00 y 16.59 se produjeron diez fallecimientos confirmados. A las 20.10, cuando la Generalitat decidió finalmente emitir la alerta ES-Alert, al menos 156 personas habían muerto y decenas más estaban en un punto de no retorno. Es materialmente imposible sostener que la administración autonómica carecía de señales de gravedad.
La figura de Salomé Pradas, consellera de Justicia e Interior en aquel momento, centró buena parte de la discusión. Pradas llevaba horas informando de un escenario progresivamente más crítico, con especial preocupación por el barranco del Poyo, cuyo caudal comenzó a desbordarse desde el mediodía. Varios vídeos internos, ocultados inicialmente a la jueza de Catarroja y publicados después, muestran a Pradas señalando este punto como el epicentro del riesgo hidrológico. Aun así, su interlocución con Mazón fue errática. El president no respondió sus llamadas durante buena parte del día y sólo habló con ella puntualmente, a pesar de que ella dirigía el centro operativo donde se concentraban las peticiones de rescate.
Cuando los diputados sacaron a relucir el comentario de que, a las 19.00, Mazón estaba hablando de fútbol con la periodista con la que había almorzado, el president lo tachó de infundio. El registro parcial de llamadas —parcial porque nunca ha entregado un documento oficial completo, sino únicamente extractos seleccionados— muestra que sí mantuvo conversaciones relacionadas con la emergencia a lo largo de la tarde. Pero el patrón es irregular, plagado de silencios difíciles de conciliar con la magnitud del momento. La pregunta no es si llamó en algún momento, sino si lo hizo de manera proporcional a la situación que se desarrollaba.
Las dudas sobre el uso tardío del sistema ES-Alert también ocuparon su espacio. La Generalitat sostenía desde agosto que el sistema estaba operativo y debía emplearse en situaciones de especial gravedad. El Comité de Emergencias lo valoró desde las 18.10, pero no envió la alerta hasta las 20.10. En dos horas, la ventana de reacción para cientos de familias se había cerrado definitivamente. Mazón defendió la decisión apelando a protocolos supuestamente imprecisos. La documentación previa demuestra, sin embargo, que el mecanismo estaba contemplado y listo para activarse.
Otro momento especialmente tenso se produjo cuando Mazón reiteró que Aemet confirmaba a las 17.00 que la tormenta se dirigía hacia Cuenca. La agencia ya desmintió esa afirmación meses atrás: la mención a la serranía de Cuenca fue geográfica, no operativa. Los avisos rojos continuaban activos y los técnicos alertaban de que el pico de intensidad llegaría precisamente entre las 15.00 y las 18.00. Ese desfase entre lo que Aemet comunicó y lo que Mazón afirma haber interpretado sigue siendo uno de los vacíos más difíciles de conciliar.
La intervención avanzó hacia su último tramo con un mensaje que el president repitió varias veces: ha asumido tanta responsabilidad política que terminó dimitiendo. Lo cierto es que la renuncia llegó un año después, con un clima de presión insostenible dentro de su propio partido y tras un funeral de Estado en el que varias familias de víctimas le increparon de manera directa. La dimisión, aunque políticamente inevitable, abrió una grieta en la credibilidad institucional que la comparecencia de hoy no ha logrado cerrar del todo.
El cierre de la sesión dejó un sabor agridulce en el Congreso. Mazón ofreció explicaciones, sí. Pero la sensación general es que los espacios en blanco siguen siendo demasiados y demasiado relevantes. El caso no se resolverá con una frase bien medida ni con una apelación emotiva. La comisión continuará desgranando detalles en un proceso que se ha convertido en un examen colectivo sobre cómo actúan las instituciones en situaciones límite. Y sobre cómo se reparten las responsabilidades cuando la emergencia se convierte en catástrofe.











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