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Le Pen, el mal mayor

hace 9 minutos
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Durante años, la posibilidad de que Marine Le Pen llegara al Palacio del Elíseo fue tratada como una hipótesis política seria, pero todavía lejana. En cada elección presidencial francesa, el Reagrupamiento Nacional avanzaba un poco más, ampliaba su electorado y reducía la distancia que lo separaba del poder, mientras el resto de las fuerzas políticas confiaba en que, llegado el momento decisivo, el rechazo histórico a la extrema derecha francesa volvería a funcionar como un mecanismo de contención. Esa lógica permitió ganar tiempo, pero no resolver el problema. Hoy Francia se encuentra ante una situación diferente. Marine Le Pen afronta su cuarto intento de alcanzar la Presidencia de la República convencida de que esta vez puede conseguirlo y, a diferencia de ocasiones anteriores, dispone de razones objetivas para sostener esa confianza.


El lanzamiento de su campaña en Hénin-Beaumont, uno de los principales bastiones electorales del RN en el norte de Francia, no fue únicamente un acto de precampaña. La elección del lugar forma parte de una estrategia política construida durante años. Allí donde la desindustrialización, el desempleo, la pérdida de población y la sensación de abandono por parte de las instituciones han alimentado el voto de protesta, Le Pen ha consolidado una implantación territorial que permite a su partido presentarse no como una fuerza marginal, sino como una organización plenamente integrada en la vida política francesa. Ese cambio de percepción constituye probablemente uno de los mayores éxitos de la estrategia iniciada por Marine Le Pen después de asumir el control del antiguo Frente Nacional.


La extrema derecha francesa ha entendido antes que buena parte de sus adversarios que ganar una elección presidencial no depende únicamente de aumentar el número de sus votantes tradicionales. También requiere convencer a quienes durante décadas consideraron que votar al RN era una opción incompatible con el ejercicio normal de la democracia. La denominada desdiabolización ha tenido precisamente ese objetivo: modificar la percepción pública del partido sin abandonar los elementos centrales de su programa. El resultado es que una parte significativa del electorado francés ya no contempla a Marine Le Pen con el mismo rechazo que provocaba su padre, Jean-Marie Le Pen. La distancia entre ambos estilos políticos es evidente, pero no debe confundirse una transformación de la imagen con una transformación completa de las ideas.


Los datos electorales explican por qué la líder del RN encara esta campaña con un optimismo que en otros momentos habría resultado difícil de imaginar. Las encuestas sitúan al partido claramente por delante en una primera vuelta hipotética, alrededor del 30% de los sufragios, y apuntan a que Marine Le Pen tendría posibilidades reales de imponerse en la segunda independientemente del adversario al que tuviera enfrente. Conviene no confundir un sondeo con un resultado electoral. Queda mucho tiempo, pueden aparecer nuevos candidatos, producirse acontecimientos internacionales, cambiar las prioridades del electorado y modificarse radicalmente la dinámica de una campaña. Pero sería igualmente irresponsable utilizar esa incertidumbre para restar importancia a una tendencia que lleva años consolidándose.


Hay, además, un elemento político particularmente relevante: la fragmentación de sus adversarios. El sistema presidencial francés funciona de tal manera que la división del espacio político puede tener consecuencias decisivas. La izquierda continúa dividida entre distintas sensibilidades y liderazgos; el centro busca una fórmula capaz de sobrevivir al desgaste del macronismo; y la derecha tradicional trata de reconstruir una identidad propia sin perder parte de su electorado frente al RN. Marine Le Pen no necesita necesariamente conquistar una mayoría absoluta del país en la primera vuelta. Necesita llegar a la segunda en una posición suficientemente sólida y convertir en votos de segunda vuelta el cansancio, el descontento y la división existentes entre sus adversarios.


La ruptura política con Jordan Bardella también ha modificado el equilibrio interno de la extrema derecha francesa. Durante un tiempo, Bardella parecía representar la renovación generacional del movimiento y una eventual sucesión de Marine Le Pen. Su enorme presencia mediática, su capacidad para movilizar a votantes jóvenes y su creciente popularidad hicieron pensar que el futuro del RN podía pertenecerle. Sin embargo, las diferencias entre ambos han demostrado que el partido continúa dependiendo en gran medida del liderazgo de Le Pen. La separación de caminos entre la antigua heredera y su antiguo delfín elimina, al menos por ahora, una de las principales amenazas internas a su candidatura y devuelve el foco a una cuestión más importante: qué representa realmente el proyecto político que Marine Le Pen pretende llevar al Elíseo.


También resulta significativo que sus problemas judiciales no hayan producido el impacto político que sus adversarios esperaban. La condena por malversación de fondos públicos constituía un serio golpe para cualquier dirigente que aspirara a la Presidencia de la República. Sin embargo, la capacidad de Marine Le Pen para mantener unas perspectivas electorales elevadas demuestra hasta qué punto una parte de sus votantes ha dejado de interpretar las controversias judiciales como un motivo suficiente para abandonar el proyecto político del RN. La cuestión es importante porque revela una transformación más profunda del electorado francés: la política de identidad, la inmigración, la inseguridad, la soberanía nacional y el rechazo a las élites políticas pueden pesar más que los escándalos que, en otras circunstancias, habrían condicionado una campaña presidencial.


Sería un error explicar este fenómeno únicamente mediante la personalidad de Marine Le Pen. Su crecimiento político responde también a problemas reales de la sociedad francesa. Existe una preocupación legítima por el deterioro del poder adquisitivo, por la capacidad del Estado para garantizar determinados servicios públicos, por la inseguridad en algunos territorios y por la gestión de los flujos migratorios. Existe también una frustración profunda con un sistema político que durante años ha alternado entre grandes promesas de transformación y resultados mucho más modestos. Ignorar esas preocupaciones porque algunas de ellas hayan sido apropiadas por la extrema derecha sería una equivocación estratégica. La democracia no protege a sus partidos tradicionales de las consecuencias de sus propios fracasos.


Pero reconocer las causas del ascenso del RN no obliga a aceptar sus soluciones. Precisamente ahí debería situarse el centro del debate político francés. El problema de la extrema derecha no se resuelve diciéndole a sus votantes que están equivocados, ni recurriendo exclusivamente a una memoria histórica que una parte creciente de la población ya no siente como propia. Se resuelve examinando sus propuestas, sus consecuencias y su compatibilidad con el modelo constitucional, económico y europeo de Francia.


En materia migratoria, la llamada prioridad nacional constituye uno de los ejemplos más claros. El principio de reservar determinados derechos o prestaciones a los ciudadanos franceses antes que a los extranjeros no es una cuestión administrativa menor. Afecta directamente a la igualdad ante la ley y plantea conflictos con principios constitucionales y obligaciones derivadas del derecho europeo. El debate sobre inmigración puede y debe existir. Francia tiene derecho a discutir cuántas personas puede integrar, cómo controlar sus fronteras, cómo combatir las redes de inmigración irregular y cómo mejorar la integración. Pero una política migratoria democrática no puede construirse sobre la idea de que existen ciudadanos con derechos de primera categoría y residentes con derechos de segunda.


La economía plantea un problema diferente, pero igualmente relevante. El RN ha construido parte de su discurso sobre una combinación de proteccionismo, aumento del gasto público, reducción de determinados impuestos y promesas destinadas a proteger el poder adquisitivo. Algunas de estas medidas pueden resultar atractivas para un electorado que lleva años soportando el encarecimiento de la vivienda, de la energía y de bienes esenciales. El problema aparece cuando las promesas electorales se separan de sus costes reales. Francia ya afronta un nivel elevado de deuda y un margen fiscal limitado. Un Gobierno que incrementara simultáneamente el gasto, redujera ingresos y pretendiera mantener la protección social existente tendría que explicar con precisión quién financiaría la diferencia.


La soberanía económica que propone el RN tampoco puede analizarse al margen de la realidad europea. Francia es una de las principales economías de la Unión Europea, forma parte del mercado único y utiliza el euro. Su prosperidad depende en buena medida de una red de relaciones comerciales, industriales y financieras que no puede modificarse sin consecuencias. La soberanía no consiste simplemente en recuperar competencias nacionales. También significa tener capacidad efectiva para actuar en un mundo en el que Estados Unidos, China y otras potencias disponen de una dimensión económica y estratégica muy superior a la de cualquier Estado europeo individual.


Por eso la política europea de Marine Le Pen constituye probablemente la cuestión que más debería preocupar fuera de Francia. El RN ha moderado su discurso respecto a los momentos en los que la salida del euro o incluso un eventual Frexit formaban parte del debate habitual alrededor del partido. Pero la desconfianza hacia la Unión Europea continúa formando parte de su identidad política. La cuestión no es si Francia puede criticar a Bruselas. Naturalmente que puede y debe hacerlo cuando considere que una determinada política europea es equivocada. La cuestión es qué sucedería si una potencia central de la Unión decidiera debilitar deliberadamente las instituciones comunes desde dentro.


Francia no es un Estado miembro cualquiera. Es una potencia nuclear, miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, una de las principales economías europeas y uno de los dos grandes pilares militares de la Unión junto con Alemania. Durante décadas, París ha defendido la idea de una Europa capaz de actuar con mayor autonomía estratégica y de reducir su dependencia de Estados Unidos. Una Presidencia francesa orientada en sentido contrario podría alterar profundamente ese proyecto.


La guerra de Ucrania hace todavía más importante esta cuestión. Francia ha desempeñado un papel relevante en el apoyo europeo a Kyiv y en la construcción de una respuesta común frente a Rusia. Una victoria de Marine Le Pen introduciría inevitablemente interrogantes sobre la continuidad de esa política. Sus posiciones históricas respecto a Vladímir Putin, aunque hayan experimentado ajustes, no permiten ignorar la posibilidad de un cambio sustancial en la relación de Francia con Moscú. En un momento en el que Europa intenta construir una política de seguridad más autónoma y en el que la incertidumbre sobre el compromiso estadounidense con el continente es mayor que hace una década, un giro francés hacia una posición mucho más cercana a las tesis de Rusia tendría consecuencias que superarían ampliamente las fronteras nacionales.


Lo mismo ocurre con Donald Trump. La coincidencia entre determinados sectores de la

extrema derecha europea y el trumpismo no significa que todos sus proyectos sean idénticos, pero existe una afinidad evidente en cuestiones como la crítica al multilateralismo, la desconfianza hacia determinadas instituciones internacionales, el nacionalismo económico y la idea de que la política exterior debe estar subordinada de forma prioritaria al interés nacional inmediato. Para Francia, una Presidencia alineada con esa concepción podría dificultar todavía más la construcción de una posición europea común.


El auge de la extrema derecha en Alemania constituye otra señal que París no puede ignorar. El éxito de Alternativa para Alemania en Sajonia-Anhalt representa un avance extraordinario para una formación que durante años fue considerada incompatible con cualquier posibilidad real de gobierno nacional. Marine Le Pen se ha esforzado por marcar distancias con AfD y por presentar al RN como una fuerza mucho más moderada y preparada para gobernar. Desde el punto de vista electoral, esa estrategia tiene sentido. Pero el fenómeno político que representa el crecimiento simultáneo de fuerzas nacionalistas y radicales en distintas democracias europeas es demasiado importante para reducirlo a una competición entre partidos.


Francia se encuentra, por tanto, ante una paradoja. Marine Le Pen puede estar más cerca que nunca del poder precisamente porque ha conseguido que una parte de los franceses deje de considerar extraordinaria la posibilidad de que gobierne. Esa normalización es su mayor victoria política hasta la fecha. El RN ya no necesita convencer a todos los franceses de que se ha convertido en otra cosa. Le basta con conseguir que suficientes ciudadanos consideren que darle el Gobierno no supone asumir un riesgo excepcional.


Es ahí donde los demás partidos deberían concentrar su respuesta. No basta con reconstruir el llamado frente republicano como una coalición negativa cuyo único programa sea impedir que gane Le Pen. Esa fórmula puede funcionar electoralmente una vez, pero difícilmente puede sostener una democracia durante décadas. El electorado necesita una razón para votar por una alternativa, no únicamente una razón para votar contra alguien.


La izquierda francesa tiene que responder a la cuestión de la seguridad sin abandonar sus principios; la derecha moderada debe abordar la inmigración sin asumir el lenguaje de la extrema derecha; el centro debe explicar qué proyecto político puede sustituir al macronismo; y todos ellos deben ser capaces de ofrecer respuestas concretas a la crisis de los servicios públicos, el coste de la vivienda, la pérdida de poder adquisitivo y la desigualdad territorial. Si no lo hacen, seguirán dejando a Marine Le Pen el monopolio de la explicación del malestar.


La responsabilidad también corresponde al propio debate público. La extrema derecha no debe ser demonizada hasta el punto de que sus propuestas no puedan ser examinadas. Una democracia madura no necesita censurar una ideología para combatirla políticamente. Necesita someterla al mismo escrutinio que a cualquier otra fuerza: qué promete, cuánto cuesta, qué leyes tendría que modificar, qué compromisos internacionales tendría que abandonar y qué consecuencias tendría para quienes no forman parte de su electorado. La crítica democrática es más eficaz cuando se apoya en hechos y no en caricaturas.


Marine Le Pen ha trabajado durante años para convertir al RN en un partido que pueda aspirar al poder sin provocar automáticamente una reacción de rechazo mayoritaria. Lo ha conseguido en una medida considerable. Su discurso es hoy más institucional que el de su padre, su partido está mejor organizado y su implantación electoral es mucho más sólida.


Pero que el RN haya cambiado su estrategia de comunicación no significa que hayan desaparecido las cuestiones fundamentales que plantea su programa. La normalización política de un partido no convierte automáticamente en moderadas sus propuestas.

Francia debe afrontar esta elección sin complacencia y sin alarmismo. La victoria de Marine Le Pen no está escrita y ningún sondeo puede convertir una campaña que todavía no ha terminado en un resultado inevitable. Pero tampoco puede seguir siendo presentada como una posibilidad remota. El escenario ha cambiado y sería irresponsable que el resto del sistema político continuara actuando como si la historia electoral francesa estuviera condenada a repetirse.


La cuestión fundamental no es únicamente si Marine Le Pen puede ganar. Es por qué ha llegado a estar en condiciones de hacerlo y qué debería hacer el resto de la clase política para impedir que el descontento social continúe traducido exclusivamente en votos para la extrema derecha. Francia no necesita que sus dirigentes le expliquen que todo está bien. Necesita que le demuestren que existe una alternativa capaz de gobernar mejor.


La próxima elección presidencial será, en ese sentido, mucho más que una competición

entre candidatos. Estará en juego la orientación de una de las principales democracias europeas, la posición de Francia dentro de la Unión, su relación con Ucrania y Rusia, su papel en la seguridad continental y, en último término, la capacidad del sistema político francés para ofrecer una respuesta democrática al malestar que alimenta desde hace años a la extrema derecha.

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