top of page

María Corina reaparece en Oslo y pone contra las cuerdas a Maduro

Actualizado: 12 dic 2025



La reaparición pública de María Corina Machado en Oslo, tras más de un año en la clandestinidad, reconfigura un tablero venezolano que lleva tiempo operando bajo tensiones acumuladas, desconexiones diplomáticas y una dinámica interna cada vez más asimétrica. Su salida del país, ejecutada bajo discreción extrema y con apoyo directo del Gobierno de Estados Unidos —tal y como ella misma confirmó—, marca un punto de inflexión no solo en la política venezolana, sino en el marco mayor de fricciones entre Washington y Caracas. La propia Machado situó el papel estadounidense en un plano crucial al afirmar ante la prensa que “tuvimos apoyo del Gobierno de Estados Unidos”, una frase aparentemente sencilla, pero con implicaciones de alcance estratégico en un momento en el que la administración Trump intensifica la presión sobre Nicolás Maduro en todos los frentes posibles.


La líder opositora evitó detallar los mecanismos exactos que le permitieron abandonar el país. Alegó que necesitaba proteger a quienes facilitaron su salida. Esa opacidad, coherente con su lógica de seguridad personal, subraya que la operación fue lo suficientemente delicada como para justificar el silencio. Desde Washington no ha habido comentarios públicos, lo que refuerza la lógica del cálculo: cuanto menos se confirme, menos se expone a quienes hayan tenido un rol operativo. Pero su presencia en Oslo sí ha desatado un movimiento intangible, aunque evidente, en el espacio político venezolano. En una capital sin presencia significativa de comunidad venezolana, Machado consiguió congregar a un grupo reducido pero entusiasta de seguidores que, de madrugada, la recibieron con vítores, cánticos y el himno nacional. Ese episodio, casi íntimo, refleja la capacidad que sigue teniendo para activar a sectores opositores incluso a miles de kilómetros de Caracas.


La salida de Machado del refugio en el que se encontraba desde las elecciones del año anterior se sitúa directamente en la línea de fractura de la narrativa oficialista. Mientras la oposición considera que su candidato ganó por amplio margen, avalado por observadores internacionales, el Gobierno de Maduro sostiene que él fue el vencedor y ha retenido el poder reforzando la represión. Para Machado, abandonar la clandestinidad suponía un riesgo considerable. Reconoció que el Gobierno venezolano desconocía su paradero y que, de haber tenido información, habría impedido su viaje a Noruega, donde su hija recogió el Premio Nobel de la Paz en su nombre. La reacción desde Caracas vino marcada por declaraciones sin pruebas. Diosdado Cabello aseguró que el Ejecutivo estaba al tanto de sus movimientos, un mensaje dirigido más a sostener un relato de control que a describir hechos verificables. Además, el Gobierno ya había advertido de que Machado sería considerada fugitiva si salía del país, una categoría más política que jurídica, pero que funcionaba como mecanismo de disuasión.


La propia Machado reconoció que regresar a Venezuela bajo el actual Gobierno podría implicar su detención inmediata. Aun así, justificó su decisión con una frase que condensa tanto el cálculo personal como la convicción política: “creo que el riesgo, aunque era muy alto, valió la pena”. También asumió que volver podría ser aún más peligroso. La líder opositora se mueve, por tanto, en un horizonte de riesgos crecientes que asume como parte de un esfuerzo mayor para debilitar la estructura de poder de Maduro. Ese enfoque conectó con su lectura de la estrategia estadounidense: aseguró que las acciones de Trump habían sido decisivas para acercar al régimen a un punto de fragilidad inédito. La sincronía entre su narrativa y la de Washington es obvia. La administración Trump acusa al Gobierno venezolano de enviar drogas y criminales a Estados Unidos, señalamiento que expertos han desmentido. A la par, las fuerzas estadounidenses han intensificado movimientos militares en el Caribe, descritos como operaciones contra carteles, y han llegado a incautar un petrolero frente a las costas venezolanas. La propia Machado, sin comentar directamente esa incautación, subrayó repetidamente la necesidad de cortar las fuentes de financiación de Maduro.


La lógica estratégica que expuso fue transparente: “hay que aumentar el coste de quedarse en el poder y reducir el coste de dejar el poder”. Una formulación que sintetiza la tesis central de quienes defienden reforzar la presión internacional para generar un punto de quiebre. Sin embargo, evitó pronunciarse sobre las amenazas de acción militar directa por parte de Trump. Optó por esquivar la cuestión con maniobras discursivas que dejan entrever la tensión entre respaldar ciertos elementos de la estrategia estadounidense y evitar quedar vinculada a escenarios de intervención armada, extremadamente impopulares en buena parte de la sociedad venezolana.


En Noruega, acompañada por el primer ministro Jonas Gahr Støre, elevó el tono al describir a Venezuela como un país ya “invadido”, aludiendo a la supuesta presencia de agentes rusos e iraníes, así como grupos como Hezbollah y Hamas, además de guerrillas colombianas y narcotraficantes. Aunque Venezuela mantiene relaciones económicas y de seguridad con empresas y actores iraníes, chinos y rusos, no existe evidencia concluyente de que Hezbollah y Hamas operen en territorio venezolano. El contraste entre sus afirmaciones y la verificación independiente ilustra la tensión entre la política exterior venezolana, alineada parcialmente con potencias que desafían la influencia estadounidense, y la narrativa que Estados Unidos y parte de la oposición intentan instalar para reforzar la presión global contra Maduro. A todo ello se suma una paradoja evidente: el mayor socio corporativo de Venezuela sigue siendo Chevron, empresa estadounidense que mantiene exportaciones de petróleo hacia Estados Unidos, incluso en pleno incremento de tensiones militares impulsadas por Trump.


Analistas consultados consideran que la salida de Machado de Venezuela reconfigura su papel en la disputa política, devolviéndole una proyección internacional que había quedado limitada por su periodo en la clandestinidad. La comparativa con otros líderes opositores exiliados no es trivial. La historia reciente venezolana muestra que quienes abandonan el país tienden a perder relevancia a medida que pasa el tiempo. Para Machado, la presión temporal es un factor crítico: necesita traducir su visibilidad global en capacidad real para impulsar cambios internos antes de que su influencia se diluya entre la rutina del exilio y la fragmentación de la oposición.


El contexto estadounidense añade otra capa de complejidad. Trump ha etiquetado a Maduro como “narcoterrorista” y jefe de dos organizaciones criminales, buscando articular una narrativa que justifique el despliegue militar. Machado, preguntada sobre ese enfoque, respondió que “cada país tiene derecho a defenderse”, alineándose así con la lógica defensiva que utiliza Washington. Sin embargo, la realidad de los flujos de droga contradice parte del relato oficial estadounidense: Venezuela no tiene papel significativo en la producción o tráfico de fentanilo, responsable de la mayoría de muertes por drogas en Estados Unidos, y su peso en el comercio de cocaína es relativamente menor en comparación con otros países de la región.


Los próximos pasos de Machado permanecen abiertos. Indicó que, por ahora, dedicará tiempo a reencontrarse con sus tres hijos, su equipo y someterse a revisiones médicas. La carga emocional de su relato sobre el reencuentro con sus hijos revela la dimensión personal que acompaña a su decisión política. “No podía dormir anoche, repasando una y otra vez el primer instante en el que vi a mis hijos”, confesó. Llevaba semanas imaginando ese momento y preguntándose a cuál abrazaría primero. Esa escena, tan doméstica como dramática, subraya que su figura política se sostiene también sobre una experiencia vital marcada por el riesgo, la incertidumbre y la separación.


La presencia de Machado en Oslo, su reactivación pública, el respaldo explícito a la estrategia estadounidense y su lectura del equilibrio interno venezolano conforman un episodio que combina simbolismo, geopolítica y cálculo político. Si logra proyectar esa visibilidad hacia una influencia sostenida o si terminará engrosando la lista de opositores que se desvanecieron en el exilio es, a día de hoy, una pregunta abierta. Lo que sí parece claro es que su aparición vuelve a situarla en el centro de un pulso internacional cuyo desenlace aún no tiene forma definida. En un conflicto donde los tiempos son tan importantes como las acciones, Machado ha decidido reentrar en el escenario global asumiendo todos los riesgos. El impacto real de ese movimiento se medirá en los meses que vienen, cuando la volatilidad política venezolana vuelva a poner a prueba a sus protagonistas.

Comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación

© 2026 Flash Info

bottom of page