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Palestina e Israel: Un siglo de conflicto


El conflicto entre Palestina e Israel es uno de los más intrincados y prolongados de la historia moderna, un enfrentamiento que trasciende las fronteras de Oriente Medio y resuena en la conciencia global. En 2025, la guerra en Gaza y la ocupación de Cisjordania han alcanzado un nivel de intensidad que ha reavivado el debate internacional, mientras países europeos como España, Irlanda y Noruega han tomado medidas históricas al reconocer el Estado de Palestina, abogando por una paz justa. Este artículo ofrece un análisis exhaustivo de cómo hemos llegado a este punto, explorando las raíces históricas, los puntos de inflexión, los fracasos de los procesos de paz y el cambio en la postura europea, con un enfoque que combina rigor periodístico, análisis profundo y una opinión matizada que, sin perder la neutralidad, refleja la urgencia de justicia para el pueblo palestino.


Las raíces históricas: Un conflicto gestado en el colapso imperial


El origen del conflicto se remonta al colapso del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial. Durante siglos, Palestina fue una región multicultural bajo dominio otomano, habitada mayoritariamente por árabes musulmanes, cristianos y una pequeña comunidad judía. Sin embargo, el auge del movimiento sionista a finales del siglo XIX, impulsado por Theodor Herzl y la persecución de judíos en Europa, marcó un punto de inflexión. La Declaración Balfour de 1917, emitida por el Reino Unido, prometió un "hogar nacional" para el pueblo judío en Palestina, ignorando en gran medida los derechos de la población árabe local, que constituía el 90% de los habitantes.


Bajo el Mandato Británico (1922-1948), la inmigración judía creció exponencialmente, alimentada por el antisemitismo en Europa y, posteriormente, por el Holocausto. Las tensiones entre comunidades árabes y judías escalaron, con enfrentamientos como los disturbios de Jaffa de 1921 y la revuelta árabe de 1936-1939. Los británicos, incapaces de conciliar las aspiraciones nacionales de ambos grupos, trasladaron el problema a la ONU, que en 1947 aprobó la Resolución 181, proponiendo la partición de Palestina en dos estados: uno judío (56% del territorio) y otro árabe (43%), con Jerusalén bajo administración internacional.


La partición fue rechazada por los líderes árabes, que argumentaban que violaba el principio de autodeterminación, mientras que los líderes sionistas la aceptaron. En mayo de 1948, tras la proclamación del Estado de Israel, estalló la primera guerra árabe-israelí. Los ejércitos de Egipto, Jordania, Siria, Líbano e Irak intervinieron, pero Israel emergió victorioso, expandiendo su territorio más allá de lo estipulado por la ONU. Para los palestinos, este fue el comienzo de la Nakba ("catástrofe"), con más de 700,000 personas desplazadas y cientos de aldeas destruidas. Los refugiados palestinos, dispersos en Líbano, Jordania, Siria y la propia Palestina, nunca han recibido el derecho al retorno garantizado por la Resolución 194 de la ONU.


La ocupación y los puntos de inflexión


La Guerra de los Seis Días de 1967 marcó otro hito crucial. Israel ocupó Cisjordania, Gaza, Jerusalén Este, los Altos del Golán y el Sinaí, consolidando su control sobre toda la Palestina histórica. La Resolución 242 de la ONU exigió la retirada israelí de los territorios ocupados, pero esta nunca se materializó. En cambio, Israel comenzó a construir asentamientos en Cisjordania y Jerusalén Este, una práctica considerada ilegal bajo el derecho internacional por la Cuarta Convención de Ginebra. Actualmente, más de 700,000 colonos viven en unos 300 asentamientos, fragmentando el territorio palestino y haciendo inviable la creación de un Estado contiguo.


Los años setenta y ochenta estuvieron marcados por la resistencia palestina, liderada por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) bajo Yasir Arafat. La Primera Intifada (1987-1993), un levantamiento popular contra la ocupación, expuso al mundo la brutalidad de la represión israelí y abrió la puerta a negociaciones. Los Acuerdos de Oslo de 1993, firmados tras la Conferencia de Madrid de 1991, fueron un momento de optimismo. Crearon la Autoridad Nacional Palestina (ANP) y establecieron un marco para la autonomía palestina en cinco años. Sin embargo, la falta de claridad sobre cuestiones clave —Jerusalén, los refugiados, los asentamientos y las fronteras— y el asesinato del primer ministro israelí Yitzhak Rabin en 1995 por un extremista judío frustraron el proceso.


La Segunda Intifada (2000-2005) marcó un retroceso definitivo. Los enfrentamientos, atentados suicidas y operaciones militares dejaron miles de muertos en ambos lados, alimentando el extremismo. La construcción del muro de separación en Cisjordania, iniciado en 2002 y declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia en 2004, se convirtió en un símbolo de la opresión palestina, restringiendo la libertad de movimiento y separando comunidades. Mientras tanto, la retirada unilateral de Israel de Gaza en 2005, aunque celebrada como un paso hacia la paz, dejó la Franja bajo un bloqueo económico y militar que persiste hasta hoy.


Gaza y la escalada de 2023: Un punto de no retorno



El 7 de octubre de 2023, Hamás, que asumió el control de Gaza tras ganar las elecciones de 2006, lanzó un ataque sin precedentes contra Israel, conocido como "Inundación de Al-Aqsa". El asalto mató a 1,195 personas, en su mayoría civiles, y dejó 251 rehenes. Hamás justificó la operación como una respuesta a las incursiones israelíes en la mezquita de Al-Aqsa, el bloqueo de Gaza y la ocupación. Israel respondió con una campaña militar masiva, incluyendo bombardeos aéreos y una invasión terrestre de Gaza a partir del 27 de octubre. Según datos de la ONU, más de 52,000 palestinos han resultado heridos, 90% de la población de Gaza ha sido desplazada y la infraestructura de la Franja —hospitales, escuelas, sistemas de agua— ha sido devastada.


La comunidad internacional ha condenado la desproporción de la respuesta israelí. En enero de 2024, la Corte Internacional de Justicia (CIJ) ordenó a Israel tomar medidas para prevenir actos de genocidio en Gaza, y en mayo de 2024 exigió el cese de la ofensiva en Rafah, órdenes que Israel no ha cumplido, según Amnistía Internacional. En julio de 2024, la CIJ emitió un fallo histórico declarando la ocupación israelí de los territorios palestinos desde 1967 como ilegal, exigiendo su fin inmediato y la evacuación de los asentamientos. La Corte Penal Internacional, por su parte, ha solicitado órdenes de arresto contra el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu y líderes de Hamás por crímenes de guerra, una medida que ha intensificado las tensiones diplomáticas.


El giro europeo: España lidera el reconocimiento de Palestina


En este contexto de crisis humanitaria y estancamiento político, Europa ha comenzado a replantear su postura. El 28 de mayo de 2024, España, Irlanda y Noruega reconocieron oficialmente al Estado de Palestina, una decisión que marcó un punto de inflexión en la diplomacia europea. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, defendió la medida como un "acto de justicia histórica" y un paso necesario para garantizar la coexistencia de dos estados. En un discurso ante el Congreso, Sánchez subrayó que el reconocimiento no es un gesto contra Israel, sino una apuesta por la paz, el derecho internacional y la solución de dos estados. España ha acompañado esta decisión con un llamado a un alto el fuego inmediato, la apertura de corredores humanitarios y la organización de una conferencia internacional para relanzar las negociaciones.


Otros países europeos han seguido una línea similar. Francia y Alemania han condenado los desplazamientos forzosos de palestinos como "inaceptables", mientras que Países Bajos y Bélgica han propuesto revisar los acuerdos comerciales con Israel por violaciones del derecho internacional. Según encuestas del Real Instituto Elcano, el 78% de los españoles apoya el reconocimiento de Palestina, reflejando una opinión pública que percibe el conflicto como una injusticia prolongada contra los palestinos. Este cambio responde a varios factores: la frustración con el estancamiento del proceso de paz, la percepción de que Israel actúa con impunidad frente a resoluciones de la ONU y la creciente influencia de movimientos progresistas en Europa que ven la causa palestina como un imperativo moral.


Análisis: Las fuerzas detrás del cambio europeo


El reconocimiento de Palestina por parte de España y otros países no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una confluencia de factores históricos, políticos y sociales. En primer lugar, la solución de dos estados, que durante décadas fue el pilar de la diplomacia internacional, ha perdido viabilidad debido a la expansión de asentamientos israelíes y la negativa de los gobiernos de Netanyahu a negociar en buena fe. Desde 2009, Netanyahu ha promovido políticas que priorizan la seguridad de Israel y la anexión de facto de Cisjordania, erosionando las perspectivas de un Estado palestino viable. Los asentamientos, que han crecido un 20% desde 2010 según Peace Now, fragmentan el territorio y convierten la solución de dos estados en una quimera.


En segundo lugar, la crisis humanitaria en Gaza ha galvanizado la opinión pública europea. Las imágenes de hospitales destruidos, niños heridos y familias desplazadas han generado una indignación generalizada, especialmente entre las generaciones más jóvenes, que ven paralelismos con otras luchas por la justicia global. En España, movimientos como BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones) han ganado tracción, presionando a gobiernos y empresas para que reconsideren su apoyo a Israel.


En tercer lugar, la percepción de que Estados Unidos, el principal aliado de Israel, ha actuado como un obstáculo para la paz ha llevado a Europa a asumir un papel más activo. Washington ha vetado repetidamente resoluciones de la ONU críticas con Israel, y su apoyo militar —$3,800 millones anuales— ha permitido a Israel mantener su superioridad militar sin incentivos para negociar. Europa, con su tradición de multilateralismo, ve en el reconocimiento de Palestina una forma de equilibrar la balanza y presionar por un cambio.


Hacia una paz justa y duradera



Desde una perspectiva humanitaria, el sufrimiento en Gaza y Cisjordania es insostenible. El bloqueo de Gaza, que ha restringido el acceso a alimentos, agua y medicinas durante casi dos décadas, ha creado una prisión a cielo abierto para sus 2.3 millones de habitantes. La ocupación de Cisjordania, con sus controles militares, demoliciones de hogares y violencia de colonos, ha negado a los palestinos los derechos más básicos. Si bien Israel tiene derecho a proteger a su población, la desproporción de su respuesta militar —con un saldo de víctimas que supera con creces las bajas israelíes— y su negativa a cumplir con el derecho internacional han alimentado un ciclo de violencia que beneficia a los extremistas en ambos bandos.


El reconocimiento de Palestina por parte de España, Irlanda y Noruega es un paso valiente, pero insuficiente sin medidas concretas. La comunidad internacional debe ir más allá de la retórica y adoptar acciones como sanciones selectivas contra los responsables de violaciones de derechos humanos, un embargo de armas a ambas partes y un apoyo económico masivo para la reconstrucción de Gaza. La solución de dos estados sigue siendo el marco más viable para una paz duradera, pero requiere un compromiso renovado con el diálogo, el desmantelamiento de los asentamientos y el respeto al derecho al retorno de los refugiados palestinos, aunque sea de forma simbólica o compensatoria.


Europa tiene una oportunidad única para liderar este esfuerzo. Países como España, con su historia de mediación en el conflicto —desde la Conferencia de Madrid hasta su reciente liderazgo en el reconocimiento de Palestina— pueden desempeñar un papel central en la construcción de un nuevo paradigma. Sin embargo, el camino hacia la paz estará plagado de obstáculos. Israel ha reaccionado con dureza al reconocimiento europeo, retirando embajadores y acusando a estos países de "premiar el terrorismo". Esta narrativa, que equipara cualquier apoyo a Palestina con un respaldo a Hamás, simplifica un conflicto complejo y desvía la atención de la ocupación como causa raíz.


La causa palestina no debe ser vista únicamente a través del prisma de la seguridad israelí. Los palestinos, que han soportado más de siete décadas de desplazamiento, ocupación y violencia, merecen un futuro de dignidad, autodeterminación y justicia. La Nakba no es solo un evento histórico, sino una realidad viva para millones de personas que aún sueñan con regresar a sus hogares. Al mismo tiempo, la seguridad de Israel debe ser garantizada, no solo mediante la fuerza militar, sino a través de un acuerdo político que reconozca los derechos de ambos pueblos.


Conclusión: Un nuevo capítulo para la paz


El conflicto palestino-israelí es un tapiz de agravios históricos, aspiraciones nacionales y fracasos diplomáticos. Desde la Declaración Balfour hasta los bombardeos de Gaza en 2023, cada capítulo ha añadido capas de dolor y complejidad. Sin embargo, el reconocimiento del Estado de Palestina por parte de países europeos como España señala un cambio esperanzador en el enfoque internacional. Este giro no solo refleja una creciente frustración con la impunidad de Israel, sino también un compromiso con los principios de justicia y autodeterminación.


El camino hacia una paz justa será arduo. Requiere presión internacional para desmantelar los asentamientos, garantizar el acceso humanitario a Gaza y relanzar las negociaciones bajo un marco multilateral. España, con su liderazgo moral y su apuesta por la solución de dos estados, puede ser un faro en este proceso. Pero la verdadera prueba para la comunidad internacional será transformar las palabras en hechos, asegurando que tanto israelíes como palestinos puedan vivir en paz, seguridad y dignidad. Mientras las bombas sigan cayendo y las familias sigan llorando, la urgencia de actuar no puede ser mayor.

 
 
 

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