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Portugal ante la elección más abierta de su democracia

Actualizado: 18 ene




Lo que está en juego en estas elecciones presidenciales portuguesas no es solo el nombre del próximo inquilino de Belém, sino el cierre —o la prolongación— de un ciclo político que lleva años mostrando signos claros de fatiga estructural. Portugal llega a esta cita electoral tras una secuencia casi ininterrumpida de convocatorias, con un electorado exhausto, una clase política en recomposición y un sistema institucional tensionado por el uso intensivo —algunos dirían creativo— de los márgenes que permite la Constitución de 1976. El resultado es un escenario de incertidumbre real, poco habitual en un país donde la presidencia había funcionado durante décadas como un espacio de estabilidad previsible, casi ritualizado.


Históricamente, la elección presidencial portuguesa ha sido, más a menudo que no, un ejercicio de confirmación. La reelección del presidente en funciones, convertida en norma no escrita desde hace medio siglo, solía resolverse con comodidad y, en la mayoría de los casos, en primera vuelta. La excepción de 1986, con Mário Soares obligado a disputar y ganar el único segundo turno de la historia democrática portuguesa, se consideró durante años una anomalía más que un precedente. Hoy, sin embargo, ese episodio se ha convertido en referencia obligada para entender el momento actual: fragmentación, ausencia de figuras tutelares indiscutidas y un electorado que decide tarde y mal, muchas veces en el último instante.


A diferencia de otras épocas, ninguno de los principales candidatos puede reclamar una legitimidad histórica comparable a la de quienes marcaron el rumbo del país tras la Revolución de los Claveles. No hay generales fundadores del régimen, ni líderes de transición democrática, ni antiguos primeros ministros con una década de poder a sus espaldas. El llamado “Club de los cinco” que domina las encuestas está compuesto por perfiles reconocibles, sí, pero sin la densidad simbólica que durante años blindó la presidencia frente a la volatilidad política. Esa ausencia de figuras de consenso explica, en gran medida, la extrema igualdad que reflejan los sondeos y la sensación generalizada de que todo puede cambiar en cuestión de días.


Este vacío coincide con una recomposición profunda del sistema de partidos. La derecha, de nuevo en el poder desde la primavera de 2024, llega a la cita presidencial con un problema clásico en contextos de éxito electoral: exceso de confianza y demasiados aspirantes. Las victorias relativas en las legislativas anticipadas y en las municipales han generado un ecosistema favorable, pero también una dispersión estratégica que dificulta la concentración del voto. La izquierda, por su parte, paga el precio de años de desgaste, divisiones internas y derrotas encadenadas, hasta el punto de presentarse fragmentada y con dificultades para superar, en conjunto, el umbral psicológico del 30 % de intención de voto.


Intención de voto en la primera vuelta presidencial en Portugal
Intención de voto en la primera vuelta presidencial en Portugal

En este contexto emerge con fuerza la extrema derecha, convertida ya en la segunda fuerza parlamentaria. Para Chega, estas elecciones no son un trámite, sino una oportunidad histórica para romper un techo simbólico y acceder por primera vez a la segunda vuelta presidencial. El riesgo de un “momento Le Pen” planea sobre el sistema político portugués, no tanto por la probabilidad de victoria final, sino por la normalización de un escenario que hace apenas una década parecía impensable. La candidatura de André Ventura se articula alrededor de una estrategia conocida: discurso identitario, apelaciones a la inseguridad, uso intensivo y agresivo de las redes sociales y una relación instrumental con la desinformación que ha marcado buena parte de la campaña.


La derecha tradicional, lejos de cerrar filas, se presenta dividida en torno a tres perfiles que encarnan sensibilidades distintas. El candidato institucional, con una larga trayectoria y el respaldo inicial del aparato del PSD, ha visto cómo su ventaja se erosionaba rápidamente por el desgaste de una precampaña demasiado larga y por polémicas que han minado su credibilidad. El supuesto hombre providencial, surgido al calor de la gestión de la crisis sanitaria, ha descubierto los límites de una candidatura construida más sobre la imagen que sobre un proyecto político sólido, especialmente cuando los debates televisivos han expuesto sus carencias discursivas. Y el outsider liberal, con perfil empresarial y experiencia mediática, ha sabido capitalizar el descontento generacional y el uso estratégico de las plataformas digitales, protagonizando una remontada que ha alterado todos los cálculos iniciales.


A la izquierda, el panorama no es menos complejo. Los partidos situados a la izquierda del Partido Socialista siguen perdiendo peso, incapaces de convertir su coherencia ideológica en tracción electoral. La fragmentación y la lógica del voto útil juegan en su contra, mientras que el PS ha optado por una solución pragmática: un candidato tardío, de perfil moderado, con experiencia orgánica y un discurso centrado en la estabilidad institucional. Su estrategia es clara y responde a una lectura fría del momento político: concentrar el voto de la izquierda en primera vuelta y atraer apoyos centristas para bloquear a la extrema derecha en una hipotética segunda.


El papel de los medios y, sobre todo, de los sondeos ha sido determinante. Nunca antes una campaña presidencial en Portugal había estado tan condicionada por tracking polls diarios, difundidos casi en tiempo real y construidos sobre muestras reducidas. Esta saturación de datos ha convertido la campaña en un relato permanente de subidas y bajadas, alimentando la percepción de carrera de caballos y debilitando el debate de fondo. En un país donde muchos votantes deciden en el último momento, esta “fabricación de la opinión” introduce un factor adicional de volatilidad que hace aún más incierto el desenlace.


Todo ello adquiere una dimensión mayor si se tiene en cuenta el legado institucional del presidente saliente. Marcelo Rebelo de Sousa ha llevado el semipresidencialismo portugués hasta sus límites prácticos, combinando un uso intensivo de las prerrogativas constitucionales con una presencia mediática constante. La disolución reiterada del Parlamento, el recurso frecuente al veto y una política de comunicación basada en la proximidad y el gesto inmediato han redefinido la función presidencial. El llamado “Marselfie” no es solo una anécdota, sino la expresión de una presidencia hiperpersonalizada que ha alterado el equilibrio tradicional entre los poderes del Estado.


El próximo presidente heredará, quiera o no, este marco ampliado de intervención. Podrá optar por consolidarlo o por replegarse hacia una práctica más arbitral y discreta. Pero esa decisión no será neutra.

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