Un equilibrio precario en tiempos convulsos
- Adam Azeroual

- 7 jul 2025
- 4 min de lectura
Actualizado: 13 ago 2025

La legislatura iniciada en noviembre de 2023 bajo el liderazgo de Pedro Sánchez ha estado marcada por una combinación de audacia política, contradicciones estructurales y una gestión que, aunque ambiciosa en su retórica, ha mostrado fisuras significativas en su ejecución. El presidente del Gobierno, líder del PSOE, ha demostrado una vez más su capacidad para navegar en aguas turbulentas, pero su estrategia de supervivencia política, basada en alianzas frágiles y decisiones controvertidas, plantea serias preguntas sobre la sostenibilidad de su proyecto y su impacto en la calidad democrática de España.
Desde el comienzo, esta legislatura se ha caracterizado por una polarización extrema, alimentada tanto por las tácticas del propio Sánchez como por la beligerancia de una oposición que no ha dudado en capitalizar cada escándalo. La investidura de Sánchez, lograda con el respaldo de una coalición heterogénea que incluye a Sumar, ERC, Junts, EH Bildu, PNV, BNG y Coalición Canaria, fue un ejercicio de pragmatismo político que, aunque efectivo, dejó al descubierto las tensiones inherentes a un gobierno dependiente de socios con agendas dispares. La Ley de Amnistía, un pilar clave de los pactos con los partidos catalanes independentistas, prometía ser un paso hacia la reconciliación en Cataluña, pero su implementación ha sido un fiasco: hasta julio de 2025, ningún político independentista de relevancia ha logrado beneficiarse plenamente de la medida, lo que ha erosionado la confianza de socios clave como Junts y ha alimentado la percepción de que el Gobierno prioriza los pactos políticos sobre la coherencia jurídica.
El caso de Santos Cerdán, exsecretario de Organización del PSOE y figura clave en el entorno de Sánchez, ha sido un golpe devastador para la credibilidad del Ejecutivo. Las investigaciones por presunta corrupción, que culminaron en su entrada en prisión en junio de 2025, han proyectado una sombra de duda sobre la integridad del núcleo duro del PSOE. La respuesta de Sánchez, centrada en delimitar el escándalo al partido y proteger la acción del Gobierno, ha sido insuficiente para contener el daño. Su insistencia en continuar "con o sin el Legislativo" y su desafío a la oposición para que presente una moción de censura reflejan una postura defensiva que, lejos de proyectar fortaleza, evidencia una desconexión con la gravedad de la crisis. La percepción de que el Gobierno está más preocupado por su supervivencia que por abordar los problemas estructurales de corrupción ha calado entre una ciudadanía cada vez más desencantada.
En el plano económico, el Ejecutivo ha presumido de un crecimiento macroeconómico notable, con medidas como la revalorización del Salario Mínimo Interprofesional, la reducción de la jornada laboral a 37,5 horas y la apuesta por una transición ecológica ambiciosa. Estas iniciativas, sin duda, responden a demandas sociales largamente ignoradas y podrían haber consolidado un legado progresista. Sin embargo, la falta de Presupuestos Generales del Estado desde el inicio de la legislatura ha limitado la capacidad del Gobierno para implementar estas políticas de manera efectiva. La parálisis legislativa, agravada por la dependencia de socios parlamentarios con prioridades divergentes, ha resultado en una gobernabilidad frágil que amenaza con diluir los logros alcanzados.
La política exterior de Sánchez, por otro lado, ha sido un terreno de contrastes. Su activismo en la Unión Europea, su defensa de una Europa más social y su posicionamiento en favor del reconocimiento del Estado Palestino han elevado el perfil internacional de España. No obstante, estas posturas, aunque moralmente defendibles, no han logrado traducirse en un liderazgo sólido dentro del país. La confrontación con Donald Trump en la cumbre de la OTAN y la gestión de la crisis migratoria en Canarias, donde Sánchez ha abogado por una distribución equitativa de migrantes entre regiones, han sido puntos de inflexión que, aunque bien recibidos en ciertos sectores, no han logrado contrarrestar la sensación de desgobierno interno.
La estrategia de Sánchez para sostener la legislatura ha dependido de un delicado juego de equilibrios, ofreciendo concesiones a socios como Junts y EH Bildu mientras intenta mantener un discurso de unidad y progreso. Sin embargo, esta táctica ha generado críticas incluso dentro de su propio partido. Figuras como Emiliano García-Page, presidente de Castilla-La Mancha, han señalado la dependencia del Gobierno de fuerzas que, en su opinión, comprometen la cohesión nacional. La acusación de que Sánchez ha permitido que la extrema derecha independentista, representada por Junts, condicione la gobernabilidad no es nueva, pero ha ganado fuerza tras los últimos escándalos.
El mayor desafío de Sánchez no es solo político, sino ético. Su negativa a dimitir, a pesar de las investigaciones que afectan a su entorno más cercano, contrasta con el ejemplo de otros líderes europeos, como el portugués António Costa, quien abandonó su cargo ante sospechas mucho menos graves. Esta postura, que algunos interpretan como una muestra de resiliencia, para otros es un signo de arrogancia que daña la credibilidad de las instituciones democráticas. La percepción de que el PSOE, bajo el liderazgo de Sánchez, se ha enrocado en una estrategia de resistencia a cualquier precio ha alimentado el discurso de la oposición, que, aunque fragmentada, encuentra en estos escándalos un filón para desgastar al Gobierno.
En última instancia, la legislatura de Pedro Sánchez es un reflejo de su propio estilo de liderazgo: audaz, táctico, pero profundamente polarizador. Su capacidad para mantenerse en el poder, a pesar de las adversidades, es innegable, pero el coste de esta resistencia es alto. La confianza ciudadana, ya erosionada por años de polarización, se resiente ante cada nuevo escándalo, y la ausencia de un relato coherente que justifique los pactos y las decisiones del Gobierno agrava esta desconexión. Si Sánchez desea consolidar un legado que trascienda la mera supervivencia política, deberá apostar por una regeneración democrática profunda, que no solo combata la corrupción, sino que restaure la fe en un proyecto de país inclusivo y transparente. De lo contrario, esta legislatura corre el riesgo de ser recordada no por sus avances, sino por las oportunidades perdidas en un contexto de crisis y desconfianza.


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