La estrategia iraní que pone en peligro al mercado energético mundial
- Nicolás Guerrero

- hace 10 horas
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La guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos ha entrado en una fase que va mucho más allá del terreno militar. Lo que se está desarrollando desde finales de febrero no es solo una confrontación convencional entre Estados con capacidades muy distintas, sino un conflicto diseñado para alterar el equilibrio estratégico regional y, sobre todo, para influir directamente en el funcionamiento de la economía global. El elemento central de esta estrategia es evidente: Irán ha decidido convertir el estrecho de Ormuz en el principal campo de batalla indirecto de la guerra.
Casi dos semanas después del inicio de la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel, lanzada el 28 de febrero, la dinámica del conflicto revela una paradoja fundamental. En el plano estrictamente militar, la superioridad tecnológica y operativa de Washington y Jerusalén es incontestable. Las fuerzas iraníes han sufrido pérdidas importantes en infraestructuras estratégicas, instalaciones nucleares, centros militares y figuras clave del régimen. Sin embargo, la evolución de los acontecimientos demuestra que la guerra no se está decidiendo únicamente en términos de destrucción de objetivos, sino en la capacidad de cada actor para imponer costes estratégicos al adversario.
En este terreno, Irán ha logrado abrir un frente que Washington y sus aliados subestimaron en su planificación inicial. La serie de ataques contra buques comerciales y petroleros en el golfo Pérsico constituye un mensaje claro: si el territorio iraní se convierte en escenario de bombardeos sistemáticos, el comercio energético global también quedará expuesto a la inestabilidad.
Durante las últimas 48 horas se han registrado seis ataques contra barcos en la región. Tres cargueros fueron alcanzados el miércoles y otros tres el jueves, entre ellos dos buques en el puerto iraquí de Basora y un portacontenedores en aguas cercanas a Emiratos Árabes Unidos. Aunque las investigaciones siguen en curso, múltiples fuentes de inteligencia y autoridades marítimas atribuyen los ataques a operaciones indirectas o encubiertas vinculadas a Irán o a grupos aliados.
El impacto inmediato ha sido visible en los mercados. El precio del petróleo ha superado de nuevo la barrera psicológica de los 100 dólares por barril, una cifra que tiene consecuencias directas para las economías dependientes de la importación energética. El estrecho de Ormuz, por el que transita aproximadamente el 20% del petróleo mundial y una parte significativa del gas natural licuado, es uno de los puntos más sensibles del sistema energético global. Cualquier perturbación en esa ruta tiene repercusiones casi instantáneas en los mercados internacionales.
La reacción de Estados Unidos ha sido rápida, aunque revela hasta qué punto la situación se ha vuelto delicada. El presidente Donald Trump autorizó la liberación de 172 millones de barriles de las reservas estratégicas estadounidenses, una medida excepcional que se coordinó con la Agencia Internacional de la Energía, cuyos países miembros acordaron inyectar en el mercado cerca de 400 millones de barriles adicionales. Estas decisiones buscan estabilizar los precios y evitar una escalada inflacionaria global, pero también evidencian que el conflicto ha abierto una dimensión económica difícil de controlar.
El mensaje político emitido desde Teherán confirma que esta estrategia no es improvisada. El nuevo líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, ha hecho público su primer discurso desde que asumió el poder tras la muerte de su padre. El formato elegido ha sido inusual: el mensaje fue leído por una presentadora de la televisión estatal mientras se mostraba una fotografía del dirigente, sin aparición directa ni vídeo. Este detalle ha alimentado especulaciones sobre su estado de salud, especialmente después de que una fuente oficial confirmara que resultó herido de forma leve durante el bombardeo en el que murió el anterior líder supremo.
Más allá de estas circunstancias, el contenido del discurso ha sido inequívoco. Jameneí ha llamado a vengar a los “mártires” de la guerra y ha defendido explícitamente el cierre del estrecho de Ormuz como instrumento de presión estratégica. En su intervención también ha amenazado con atacar todas las bases estadounidenses en la región, insistiendo en que deberían ser cerradas de inmediato.
El dirigente iraní ha ido aún más lejos al advertir de que su país está estudiando la apertura de nuevos frentes de guerra en ámbitos donde el adversario sería especialmente vulnerable. No ha especificado cuáles podrían ser esos escenarios, pero analistas regionales interpretan estas palabras como una referencia tanto a operaciones híbridas —ciberataques, sabotaje económico o ataques indirectos— como a la activación más intensa de las milicias aliadas de Irán en distintos países de Oriente Próximo.
La dimensión regional del conflicto ya está ampliándose. Irán ha respondido a los bombardeos israelíes a gran escala con ataques directos e indirectos contra múltiples objetivos en la región. En Israel se han registrado nuevos lanzamientos de misiles y drones, mientras que el norte del país ha sido atacado con aproximadamente 200 proyectiles en una operación conjunta entre fuerzas iraníes y el movimiento libanés Hezbolá.
Otros incidentes recientes muestran hasta qué punto el conflicto está desbordando las fronteras iraníes. Drones han impactado en infraestructuras en Kuwait, un edificio en Dubái y depósitos de combustible cerca de las capitales de Baréin y Arabia Saudí. Paralelamente, la región autónoma del Kurdistán iraquí ha sido objetivo de decenas de misiles y drones en las últimas horas. Uno de ellos alcanzó una base militar italiana en Erbil, un hecho confirmado por el ministro de Defensa italiano, que ha afirmado que el ataque fue deliberado.
Las cifras humanas del conflicto empiezan a reflejar la magnitud de la crisis. Según datos oficiales de los países implicados, la guerra ha provocado ya cerca de 2.000 muertos. Más de 1.200 de ellos se han registrado en Irán, muchos civiles, mientras que en Líbano los ataques israelíes han causado más de 600 víctimas mortales.
El impacto humanitario también se está extendiendo rápidamente dentro del propio Irán. La Agencia de la ONU para los Refugiados calcula que más de 3,2 millones de personas han sido desplazadas internamente desde el inicio de los bombardeos. Este desplazamiento masivo genera preocupación en países vecinos como Turquía, que teme la posibilidad de una crisis migratoria si el conflicto continúa intensificándose.
En paralelo al deterioro de la situación sobre el terreno, las declaraciones políticas en Washington ofrecen una narrativa muy distinta. El presidente Trump ha insistido en varias ocasiones en que la guerra podría terminar pronto e incluso ha llegado a afirmar que Estados Unidos ya ha ganado el conflicto. En actos políticos recientes, ha subrayado que el aumento de los precios del petróleo beneficia económicamente a Estados Unidos, actualmente el mayor productor mundial de crudo.
Sin embargo, esa interpretación no coincide plenamente con las evaluaciones internas del propio gobierno estadounidense. Representantes del Pentágono informaron en una sesión a puerta cerrada ante legisladores que los primeros seis días de operaciones militares ya han costado más de 11.300 millones de dólares, más del doble de lo previsto inicialmente por algunos expertos.
Tampoco los servicios de inteligencia comparten el optimismo de la Casa Blanca. Diversos informes citados por agencias internacionales indican que el sistema político iraní no muestra señales de colapso inminente. A pesar de la muerte de figuras clave del régimen y de los ataques contra instalaciones militares estratégicas, las autoridades iraníes mantienen el control del aparato estatal y de la población.
Este punto es crucial para entender la lógica del conflicto. Washington y Jerusalén persiguen objetivos estratégicos ambiciosos: desmantelar completamente el programa nuclear iraní, destruir su capacidad misilística y acabar con la red de milicias aliadas que Teherán ha construido durante décadas en la región. Sin embargo, ninguno de estos objetivos se ha alcanzado de forma completa hasta ahora.
Israel ha confirmado recientemente nuevos ataques contra instalaciones nucleares en el complejo de Parchin, cerca de Teherán. Imágenes por satélite muestran daños que podrían corresponder al uso de bombas antibúnker GBU-57, un tipo de armamento que solo posee Estados Unidos. Estas armas ya fueron utilizadas en bombardeos anteriores contra instalaciones nucleares iraníes como Natanz, Isfahán y Fordow.
A pesar de ello, numerosos expertos consideran que destruir infraestructuras no equivale a eliminar el programa nuclear. El conocimiento técnico, la red científica y la experiencia acumulada por los especialistas iraníes son activos que no pueden ser eliminados mediante bombardeos.
Esta realidad plantea una cuestión estratégica fundamental. Algunos analistas advierten de que los ataques contra Irán mientras el país negociaba acuerdos nucleares podrían convencer a los dirigentes iraníes de que la única garantía real contra futuras intervenciones militares es desarrollar armas nucleares.
La situación es similar en el ámbito de los misiles. Aunque Israel y Estados Unidos han degradado significativamente la capacidad iraní, Teherán sigue siendo capaz de lanzar proyectiles y drones, lo que demuestra que su arsenal no ha sido neutralizado por completo.
El tercer objetivo de la campaña —desmantelar el llamado Eje de la Resistencia— tampoco se ha materializado. Al contrario, la guerra parece haber reactivado la cooperación entre Irán y sus aliados regionales, especialmente Hezbolá en Líbano y otros grupos armados en distintos puntos de Oriente Próximo.
En este contexto, el conflicto se encuentra en un punto de equilibrio inestable. Irán no necesita ganar militarmente para alcanzar su objetivo estratégico. Su prioridad es sobrevivir como régimen político y demostrar que puede infligir costes significativos a sus adversarios. Estados Unidos e Israel, en cambio, necesitan resultados mucho más claros para poder presentar la operación como un éxito estratégico.
Esta asimetría de objetivos explica por qué la guerra sigue abierta y por qué las opciones disponibles para Washington y Jerusalén son cada vez más limitadas. Terminar el conflicto ahora podría dejar intacto un régimen iraní más radicalizado y con mayor legitimidad interna tras resistir los ataques. Escalar la guerra, por otro lado, implicaría riesgos crecientes de expansión regional y de impacto económico global.











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